Opinión | Al lío

Subdirector de Faro de Vigo
«Nadie quiere ir al mar»

Tripulantes de un cerquero con base en Vigo, ayer, antes de salir a pescar sardina para San Xoán. / Marta G. Brea
Hace unas semanas, por mi cumpleaños (46), me regalaron una camiseta de Pull & Bear —mensaje subliminal: soy un chaval— muy chula que pone «Polo San Xoán, a sardiña molla o pan». Ahí los creativos de Arteixo se nota que han barrido para casa, porque hay que reconocer que en el norte la noite meiga se la toman muy en serio, y hacen bien. Tranquilos, que no les voy a contar el recuerdo que tengo de la primera vez que salí de fiesta por Panxón en San Xoán. Solo revelaré que la noche acabó bien, aunque me paró la Guardia Civil por ir en un vespino a medio pintar. Esto queda para otra ocasión.
Me acordé de la camiseta de la sardiña viendo la foto de portada de hoy de la edición de Vigo. Si no la han visto, aún están a tiempo. Muy bonita, como todas las que hace Marta G. Brea, y refleja a la perfección uno de los problemas a los que se enfrenta la pesca gallega: la falta de relevo generacional. En la imagen se puede ver a un grupo de mariñeiros de un cerquero con base en Vigo saliendo a echar las redes en la víspera de la víspera de San Xoán para aprovechar la alta demanda de este pescado azul y los precios disparados de todos los años por estas fechas. Un clásico de los primeros días de verano.
Siete mariñeiros saludan a la cámara y los siete son extranjeros, subsaharianos. Le pregunto a Adrián Amoedo, que de coches y de peixe sabe más que nadie, y me contesta lo obvio: «Nadie quiere ir al mar». Nadie gallego, claro. La foto llama tanto la atención que, mientras escribía este artículo, Alberto Otero, de los Otero de Bueu y que algo de esto de pescar sabe, me escribía por lo mismo: «Reveladora la foto de portada: un pesquero vigués sin ningún tripulante local. Es tal cual el futuro de la pesca». Tienen razón ambos. Y es que la pesca gallega no ha tenido más remedio que pescar fuera para aliviar la falta de mano de obra. Y menos mal.
Revisando los datos, prácticamente uno de cada cinco trabajadores del Régimen Especial del Mar en Galicia es extranjero, y todo apunta a que esa proporción irá a más en los próximos años. La pregunta que subyace es por qué. ¿Por qué la pesca, ese sector que levantó Galicia y aún sostiene buena parte de nuestra economía, no atrae a las nuevas generaciones de gallegos? ¿Es por las condiciones de trabajo? ¿Por los problemas para conciliar con la familia? ¿Por los salarios? ¿Por la presión burocrática? Y, lo más importante, ¿qué están haciendo los armadores y las administraciones para contener la hemorragia?
Porque una cosa es agradecer —y vaya si hay que hacerlo— que haya gente de fuera dispuesta a embarcarse y a sostener un sector que aquí muchos ya no quieren ni mirar de cerca. Y otra muy distinta es resignarse a que en una tierra hecha a golpe de mar ya casi no queden hijos de pescadores que quieran seguir siéndolo. Ahí hay un fracaso colectivo que convendría mirar de frente. No vaya a ser que un día sigamos coreando eso de «Polo San Xoán, a sardiña molla o pan» y ya no quede nadie de aquí para ir a buscarla.
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