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Opinión | Editorial

Un cambio y un acelerón en la UVigo

Acelerón UVigo.

Acelerón UVigo. / Simón Espinosa

Un mes después de que Carmen García Mateo, catedrática de Teoría de la Señal, se proclamase rectora de la Universidad de Vigo y a las puertas de su toma de posesión es un buen momento para reflexionar sobre el mensaje que lleva implícito su victoria y los desafíos que debe afrontar. Que la nueva responsable sea la primera mujer en 36 años de vida de la UVigo tiene un valor poderoso. Su elección responde a la nueva realidad social y universitaria en la que el empoderamiento de la mujer es un fenómeno imparable, aunque no a la velocidad necesaria. El protagonismo de la mujer en el ámbito universitario vigués es cada vez mayor: más catedráticas, investigadoras y alumnas en carreras tradicionalmente masculinizadas. Además, como en FARO nos encargamos de destacar, los mejores expedientes llevan, de forma mayoritaria, la rúbrica de una mujer.

Es evidente que todavía no estamos en una situación de igualdad, pero también que los pasos dados en los últimos años son firmes y esperanzadores. Por fortuna, la UVigo no ha tenido que esperar más de cinco siglos para que una mujer lleve sus riendas como ha ocurrido en la Universidad de Santiago con la elección de Rosa Crujeiras; o en la de Valladolid, donde han aguardado 800 años para ver a Pilar Garcés al frente de la institución. Como la propia García Mateo ha expresado, «os tempos son chegados; non hai un paso atrás». Es de esperar que la designación de una rectora, más allá de su naturaleza simbólica, se traduzca en un notable impulso a las políticas de igualdad en la institución.

Al margen de este elemento sobresaliente, el proceso electoral vivido en los tres campus de la UVigo ha dejado un sabor amargo. Que solo haya votado un 14,5% del censo es una pésima señal que debería hacer repensar al nuevo equipo de gobierno, y en general al conjunto de la institución, sobre las medidas a adoptar para revitalizar un proceso democrático agonizante. Sin cuestionar la legitimidad de García Mateo, que su candidatura haya recibido 1.500 votos de los más de 21.000 posibles retrata la casi nula implicación, interés y compromiso de la comunidad universitaria con el proceso. Si trasladásemos estas cifras a un escenario político convencional, hablaríamos de una democracia fallida. Que en un territorio —o una institución— la inmensa mayoría de sus ciudadanos se desentienda de la elección de sus dirigentes es un pésimo indicio, más aún cuando las pulsiones autocráticas gozan de un preocupante crédito. El liderazgo, el bueno, el sano, se debe sostener siempre desde las bases. De abajo arriba y no al revés. Aquí la flamante rectora tiene una asignatura pendiente a la que debería dar la máxima prioridad.

La segunda lectura, también evidente, es que la comunidad universitaria, al menos la que votó, quería un cambio. Sería bueno saber en qué medida Belén Rubio, la candidata perdedora, pagó el precio de su proximidad al ya exrector Manuel Reigosa. Por mucho que hubiese intentado en los últimos meses desmarcarse de la herencia de Reigosa y fijar un perfil propio, el intento fracasó. Su papel de vicerrectora pesó lo suficiente para conducirla seguramente a la derrota. La imagen, el día que se consumó el fiasco junto al ya exrector, ilustra que su cercanía era absoluta. Y es aquí en donde habría que preguntarse por qué esa conexión ejerció como una losa más que como una plataforma que la impulsase. No es el momento ahora de detallar las debilidades de la gestión de Reigosa, pero su gobernanza se caracterizó por un perfil bajo y escaso liderazgo universitario y social. El ejemplo de su melifluo papel en la reivindicación de la facultad de Medicina para Vigo ilustra ese retrato. La UVigo fue siempre a remolque de la unánime demanda ciudadana y, para indisimulada satisfacción de la Xunta, estuvo a años luz de la actitud combativa de su homólogo en A Coruña. Precisamente fue la beligerancia coruñesa la que al final permitió una cierta descentralización. Pero esta pugna todavía no ha vivido su episodio final.

García Mateo ha ganado con un proyecto que, entre otras medidas, plantea encargar una auditoría económica para conocer la realidad de la institución (sospecha de manipulación en al menos los dos últimos presupuestos); mejorar el transporte entre el campus de Vigo y la ciudad; apoyar a los investigadores, aligerando la carga burocrática; impulsar una bolsa de alquiler de los estudiantes y conveniar acuerdos con residencias para ampliar las plazas e incluso construir alguna; reorientar el proyecto del Campus del Mar en la ETEA, todavía en fase preliminar; normalizar las relaciones con el personal administrativo (talón de Aquiles de Reigosa y por extensión de la candidata Rubio, que soportó un comunicado incendiario de los jefes de servicio en plena campaña); revisar los protocolos sobre acoso sexual (otra bomba que estalló durante el proceso electoral); intensificar la relación entre la UVigo y las empresas... El catálogo de compromisos es muy ambicioso y el mandato limitado (seis años), por eso conviene no perder el tiempo. Ojalá, por el bien de la UVigo y de todos, tenga éxito.

Una universidad debe ser una pieza capital en el desarrollo, la prosperidad y el bienestar de un territorio. Una palanca de riqueza, y no solo en términos económicos, que también. Su aportación a la comunidad en la que está inserta trasciende lo que ocurre en sus clases, laboratorios, despachos y departamentos. En un mundo ultracompetitivo, también el universitario (solo en España hay casi cien públicas y privadas), la UVigo necesita abrir puertas y ventanas y ofrecerse al mundo, empezando por el que tiene más cercano. Debe dejar que entre aire fresco y acabar con visiones ancladas en el pasado.

Sin descuidar su labor docente e investigadora, de formación de las generaciones llamadas a tomar el relevo, la UVigo tiene la obligación moral de comprometerse con la sociedad y la economía de su área. De mostrar mayor sensibilidad a sus problemas y demandas. De ser útil. Solo así será más necesaria. Debe entender que su labor y su influencia sobrepasan los campus. Está bien pedir, pero tiene que dar más. Debe aterrizar.

Si quiere que la ciudadanía respalde sus exigencias, como la de una mayor financiación o la captación de nuevas titulaciones, debe asumir que la institución universitaria no puede ser un club privado, un gueto de alto nivel. Debe, en fin, cerrar la distancia física y emocional que existe hoy entre UVigo y territorio. Y en ese empeño podría empezar por suturar la enorme brecha que separa a su gobierno de alumnos, docentes y resto de plantilla.

Porque hoy les separa un abismo, y esa es la prueba más palpable de su fragilidad. Si no es capaz de reconectar con su comunidad, difícilmente podrá conectar con la sociedad. La UVigo, como asegura Carmen García Mateo, experta en detectar señales, ha pedido cambio. Así es, pero un cambio de rumbo acompañado de un acelerón.

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