Opinión | El correo americano
Decadencia y caída del imperio
Es difícil encontrar una imagen más ilustrativa de la decadencia que padece ahora Estados Unidos que el campeonato improvisado de artes marciales mixtas que tuvo lugar en la Casa Blanca. No por los acontecimientos en sí mismos (un presidente puede patrocinar el deporte o el espectáculo que le parezca oportuno), sino por cómo estos se llevaron a cabo: el estilo kitsch, la opulencia, el espectáculo hortera, el tono agresivo y ordinario. No pudieron faltar tampoco los insultos a «los Obama», esa obsesión patológica de quienes habitan en un mundo de conspiraciones, fraudes electorales y exhibicionismos de virilidad permanente. El evento tenía un objetivo doble: celebrar los festejos del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos y el cumpleaños de su actual presidente. Como siempre, al líder (como a tantos otros en regímenes poco democráticos) le gusta confundir al país con su persona. Sus colaboradores, como siempre, estuvieron a la altura. El secretario de Estado Marco Rubio comparó las peleas de la UFC en Washington con el envío del hombre a la Luna…
Coinciden estos combates con el acuerdo de Estados Unidos con Irán, que provoca dudas acerca de los resultados de una guerra que rompió la coalición republicana. Mientras tanto, para unir a las partes enfrentadas, el vicepresidente JD Vance se pasea por los platós de televisión defendiendo a su jefe, justificando todas y cada una de sus acciones, satisfecho de esa labor que, según sus seguidores, realiza mejor que nadie. Es verdad que esta actitud servil y fanática también refleja una parte (no la totalidad) de Estados Unidos. Así fue desde las trece colonias. Dos países coexistiendo y en ocasiones detestándose. En un lado la libertad y el progreso; en el otro la opresión y la intolerancia. En un lado la ilustración; en el otro el fundamentalismo religioso. Algunos piensan que estamos ante un sistema agonizante. Como el profesor Patrick J. Deneen, muy cercano a JD Vance, quien cree que la democracia liberal, tal y como la conocemos, ya no sirve, está agotada. No queda claro, sin embargo, cuál es la propuesta. Se supone que para Deneen y otros pensadores de la derecha posliberal Trump es un síntoma. Pero no aclaran dónde está el antídoto. Y, en cualquier caso, ¿es este el estilo que defiende el profesor de la Universidad de Notre Dame? ¿Es esta la manera en que la república ha de celebrar su aniversario?
Michael Anton, de Claremont Institute, fue uno de los pocos intelectuales que, contra la corriente dominante de la época, decidió apoyar a Trump en las elecciones de 2016. Su tesis no era demasiado optimista. Comparaba los votantes en los comicios con los pasajeros del avión que, durante los ataques del 11 de septiembre de 2001, se enfrentaron a los terroristas y evitaron que el aparato se estrellara en la capital. Sirviéndose de una retórica apocalíptica, Anton advertía que Trump era la única posibilidad de salvar a la república de la amenaza destructiva que, a sus ojos, suponía Hillary Clinton. Con el empresario, al menos, se podía desviar el impacto, aunque, como los pasajeros del United 93, uno acabara finalmente dejándose la vida en el acto. Esto no dejaba en muy buen lugar al magnate de la construcción. De alguna forma representaba una operación kamikaze. Pero este parecía ser el único razonamiento posible que esta gente podía ofrecer para votar a un hombre que, a todas luces, contradecía las ideas y principios que propagaron durante años.
Desde entonces hemos visto cómo desde esos círculos paleoconservadores se defienden posturas no muy compatibles con la democracia. Todo en nombre de algo superior. De los valores fundacionales. De unas «grandes ideas» extraídas de «los grandes libros». Y todo por el bien moral de la nación. Lo curioso es que Trump, tanto para los posliberales como para los paleoconservadores (y para los evangélicos), no es más que un fenómeno con el que no queda más remedio que convivir y que, al final, facilita una excusa para imponer unos dogmas. Nadie se inspira con este presidente. No es un ejemplo de liderazgo. No es Roosevelt o Kennedy. ¿Cómo encajan las grandes ideas y la filosofía clásica en ese espectáculo grotesco de la Casa Blanca? Deneen propone un cambio de régimen. ¿Cuál? De momento que sigan entreteniendo al pueblo con su circo, ahondando en el síntoma y erosionando las instituciones. Al fin y al cabo, era mejor estrellar el avión que permitir que las élites volvieran a la cabina del piloto. La autodestrucción, al menos, quedó por escrito.
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