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Opinión | Crónicas galantes

Elogio del tren con retraso

Viajar en tren es a veces una metáfora del Estado. Los gestores del ferrocarril no siempre solucionan los problemas que puedan presentarse, pero a cambio envían al pasajero muy cumplidas explicaciones sobre las causas de los retrasos. El Gobierno se solidariza con el pueblo viajero: y eso siempre es de agradecer.

«Tu tren ha sufrido una incidencia técnica ya resuelta», dice por ejemplo un primer mensaje telefónico en el que le advierten a uno de que su convoy va a circular con veintitantos minutos de demora.

Luego llega un segundo WhatsApp en el que te informan de que al problema ya resuelto se agrega otro de «un tren precedente», lo que eleva a más de cuarenta minutos la dilación en la llegada. Uno llega tarde, pero puntualmente informado.

Puede que esta sea una mera anécdota y que tales incidencias no sucedan a menudo. No obstante, la propia compañía del Estado advierte de que existen ciertas limitaciones temporales de velocidad a las que Renfe es ajena. Un rasgo de modestia, quizá.

Sea por la puntualidad de la información -ya que no la del tren-, sea por la costumbre, lo cierto es que la gente no se queja. Sería quejarse de vicio, en cualquier caso, dado que en apenas dos o tres decenios Galicia ha pasado del premioso tren Shangai a los Aves que vuelan con picos de hasta trescientos kilómetros por hora.

Y no solo eso. La estación madrileña de Chamartín, todavía en obras, recuerda ya en su nuevo diseño a una terminal aérea. Nada más natural, visto que los trenes circulan a velocidad de AVE, aunque milagrosamente no lleguen a despegarse del suelo.

Por más que a veces lleguen con retraso -siguiendo la histórica tradición que por aquí se les atribuye-, el salto tecnológico y de confort ha sido espectacular durante los últimos años. Es lógico que los viajeros lo tengan en cuenta cuando se produce alguna disfunción en los horarios previstos. Más aún si los mantienen informados al minuto de las peripecias que puedan alterar el viaje.

El tren goza fama -merecida- de ser el más romántico de los medios de transporte, ya desde los tiempos en que había que esquivar la carbonilla. Escritores del fuste de Agatha Christie, Graham Greene o Patricia Highsmith lo escogieron como escenario de sus obras. Por no hablar del curioso caso de Galicia, donde los primeros ferrocarriles nacieron bajo el impulso del abuelo londinense de Camilo José Cela y, en menor medida, del padre de Valle-Inclán.

Justo parece que el Estado, famosamente lento en sus actos, haya sabido respetar las tradiciones ferroviarias en materia de horarios flexibles. Los más veteranos se lo agradecemos -y se lo perdonamos- cada vez que subimos sin prisas al tren, convencidos de que lo que importa es el viaje y no el destino. Como todo en la vida.

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