Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

Fin de curso (ánimo)

Graduación de los alumnos de Industriales de este año.

Graduación de los alumnos de Industriales de este año. / Alba Vllar

Llegó el día. Nervios a flor de piel. Lo cierto es que la tensión se palpa desde hace semanas. Los ensayos han ido bien. O eso me han dicho. El pequeño (3) no suelta prenda de lo que nos vamos a encontrar hoy. Cada vez que pregunto, la misma respuesta, en un susurro: «Es un secreto, papá». Condenado. Si ya no me cuenta nada ahora, me voy preparando para la pubertad.

Seguro que cantan, o bailan, o interpretan alguna obra. Da igual. Los padres no somos muy exigentes, la verdad. De aplauso fácil, diría. Y menos. No descarto alguna lagrimilla, así que mejor llevo gafas de sol.

Pues sí. Para las mamás y papás, esta es una semana importante. Ya sea porque nuestros hijos terminan Infantil, Primaria, ESO, FP o Bachillerato, o incluso porque pasan a la Universidad si han aprobado la PAU —así, tal cual lo escribo, me arrepiento, porque, ¿suspende alguien?—. Se acaban las clases y todo son actuaciones de fin de curso, graduaciones, fiestas del ANPA, despedidas… Las calles y las playas se llenan de vida para recibir el verano, con San Xoán a la vuelta de la esquina, y menos mal que existen los campamentos y campus para que las familias podamos conciliar.

En mi época, esto de las graduaciones era una rara avis. Tras el paso por la universidad y ya. Ni en el colegio ni en el instituto recuerdo que hubiese fiesta o acto formal de fin de ciclo. Creo que el último día de instituto le dije a mi padre que se acababan las clases y me respondió: «Muy bien, ponte a regar». Ahora incluso en la guardería y en Infantil se entregan diplomas, nos ponemos elegantes y lloramos cuando vemos a nuestros hijos bailar —o quedarse quietos por el miedo escénico— como si acabasen de ganar el Premio Nobel. Antes faltaba sensibilidad, está claro, y ahora igual nos pasamos un poco de frenada.

Porque una cosa es ponerle un poco de ceremonia a los finales de etapa y otra convertir cada graduación en una boda de tarde. Eso, cuanto más suben de curso, más se nota. En Infantil o en Primaria todavía tiene un pase: una camiseta mona, unas fotos y a correr. Pero en el instituto y, sobre todo, en la universidad, la broma empieza a ponerse seria. Que si el vestido, que si el traje, que si los zapatos, que si los complementos, peluquería, maquillaje, la cena, el autobús, la copa después —que alguno ya la mete en el lote—… y al final la fiesta de fin de curso acaba costando como un fin de semana largo en Canarias. 

Como los míos aún son pequeños, qué quieren que les diga, tampoco está tan mal pasarse un poco. Bastante deprisa crecen, bastante rápido se nos escapan del regazo, de la mano y luego de las conversaciones. Así que, si hay que aplaudir una coreografía desacompasada, emocionarse con un diploma plastificado o hacer cien fotos borrosas para el grupo de la familia, se hace. Ya vendrá la adolescencia a ponernos en nuestro sitio. De momento, dejadnos disfrutar del teatrillo, de la canción desafinada y del baile con cero ritmo. Que para una vez que los vemos sobre un escenario y no subidos al sofá de casa, tampoco vamos a ponernos exquisitos.

Imagen

Al lío

Si quieres recibir este análisis de la actualidad en tu correo tan solo debes activar este boletín en nuestra página web

Me apunto

TEMAS

Tracking Pixel Contents