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Opinión | Crónicas galantes

Guerras de viejos

Los viejos dan mucha guerra. A Putin, 73 años, le dio por invadir Ucrania hace cuatro, y ahí sigue, cientos de miles de muertos después. Antes había guerreado en Chechenia, en Georgia y en Siria, además de anexionarse Crimea.

Trump, que aspiraba al premio Nobel de la Paz a sus ochenta años, no ha tenido mejor idea que atacar a Irán, con resultados igualmente fallidos si bien desastrosos para la estabilidad del mundo. Ahora acaba de firmar una paz temblorosa, sin haber conseguido uno solo de sus objetivos.

Más moderado y sonriente, el chino Xi Jinping, un jovenzuelo de 72, se limita a amagar de vez en cuando con la toma de Taiwan; pero de momento no se ha dado el gusto. Será que la superpotencia emergente es un país milenario en el que sus dirigentes ven las cosas desde la más reposada perspectiva del tiempo. Sin prisas.

Podría decirse que estas son batallitas propias de jubilados, como las que solía contar el famoso Abuelo Cebolleta. La diferencia está en que el personaje de tebeo creado por Manuel Vázquez se limitaba a inventarlas, mientras que los abuelos al mando del planeta promueven guerras crudamente reales.

Aunque parezca que les patinan un poco las neuronas -mayormente, en el caso de Trump-, no es ese el mayor peligro de este trío que podría desatar el comienzo de una tercera guerra mundial. Lo peor es que su futuro lo tienen ya a la espalda y, a diferencia de los que lo ven aún por delante, les importa menos arriesgar el porvenir del mundo. Para dos días que les quedan en el convento, ya se sabe...

Tampoco los miles de bajas que cualquier conflicto bélico causa en los censos de población es cosa que haya de preocuparles. Saben muy bien que las guerras se alimentan de carne joven entre la que no suelen militar sus hijos y demás descendencia. Previsoramente alejados del frente de combate, las batallas son para ellos un asunto ajeno.

El gobierno de los ancianos es un sistema relativamente nuevo. Solo se daba en la desaparecida Unión Soviética, donde los miembros del Politburó iban menguando cada año en la tribuna de los desfiles por mera razón biológica. No falta quien atribuya la quiebra de la URSS, entre otros motivos, a la elevada edad media de sus gobernantes.

En el fondo, los líderes añosos no dejan de ser el reflejo de la población a la que gobiernan. Los países desarrollados facturan muchas menos cunas que ataúdes, con el resultado de un creciente envejecimiento de sus habitantes. Parece lógico que sus mandamases, electos o no, sean también gente de mucha edad.

Los viejos dan buenos consejos para consolarse de no poder dar ya malos ejemplos, decía el duque de La Rochefoucauld en una de sus afiladas máximas. Eso sería en su tiempo. Ahora no paran de ofrecer a todos el pésimo ejemplo de las guerras.

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