Opinión | Al lío

Subdirector de Faro de Vigo
Los fontaneros se ríen de la Inteligencia Artificial

Un fontanero en plena faena. / Noe Parga
Los fontaneros están de moda. No lo digo por Leire Díez, la fontanera del PSOE, ni por Super Mario, el clásico personaje de los videojuegos ahora llevado al cine que tanto le gusta al pequeño de la casa —debe de ser porque comparten nombre—, sino por los profesionales de la fontanería de verdad. Quien tiene un amigo fontanero tiene un tesoro, se lo aseguro. Hace unos días detectamos una filtración en el patio de casa, dimos parte al seguro y este nos envió a un fontanero. Un chico joven, fornido, muy amable, que, una vez inspeccionada la avería —que previamente había destapado mi suegro, que es un crack—, me soltó: «Hay que picar en la cocina, desde aquí no puedo trabajar».
Se nos vino el mundo abajo. «¿En la cocina?», le pregunté. Me lo confirmó con un leve gesto de asentimiento y una mirada de «es lo que hay, lo siento». Volvió al cabo de unos días con las herramientas y se puso manos a la obra, nunca mejor dicho. Viéndolo trabajar, no podía dejar de pensar en todas las informaciones que los compañeros de Economía, desde Julio Pérez a Jorge Garnelo, han publicado en los últimos meses y años sobre la falta de mano de obra cualificada; y también en las decenas de noticias que han lanzado los colegas de Galicia o Local sobre el peso cada vez mayor de la FP en la enseñanza; pero, sobre todo, en los artículos —más recientes— sobre cómo la inteligencia artificial, la dichosa IA, está poniendo en alerta a millones de puestos de trabajo.
Mientras yo cavilaba, el fontanero seguía a lo suyo. Cortó unos tubos, hizo unos empalmes y listo. Al final, el destrozo no fue para tanto —una baldosa en la cocina y un agujero en el patio—. No, no creo que a los fontaneros la IA les vaya a robar el trabajo. Ni a los carpinteros, ni a los albañiles, ni a los electricistas, ni a cualquiera de esos oficios tradicionales —y no tan tradicionales— en los que la maestría solo se adquiere con tiempo, práctica y ganas. Cuando era un crío, pocos apostaban por este tipo de profesiones para labrarse un futuro. Mejor un trabajo de oficina, que habría más salidas. ¡Ja! Pobres incautos. Ahora la IA le ha dado la vuelta a la tortilla y lo peor está aún por llegar.
Ese mismo día, por la tarde, quedé con mi primo, que es informático, y hacía tiempo que no lo veía. Y, sí, el tema de conversación no fue otro que la IA: la velocidad del cambio, los estragos que está haciendo en su sector —¡en los informáticos!, que hasta hace nada eran la envidia del resto de profesiones liberales por su elevada demanda— y en el mío y una idea como hilo conductor: lo que está ocurriendo es solo el principio de lo que está por venir. «Lo va a cambiar todo», me insistía. «Veremos el coste de todo esto», remarqué.
Tal vez cometimos un error diciéndoles a los jóvenes que el futuro estaba en una pantalla. En estudiar mucho, aprender idiomas, manejar programas y sentarse en una oficina con aire acondicionado. Quizá ahora que la IA empieza a comerse todo eso tendríamos que volver la vista atrás y reconocer que no estaba tan mal la vida de nuestros abuelos: saber arreglar una tubería, levantar una pared, soldar un portal o hacer una instalación eléctrica. Oficios duros, sí, pero reales, útiles y, visto lo visto, bastante más difíciles de sustituir que darle a una tecla.
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