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Opinión | La Platea

Miguel Salgado Reboreda

Miguel Salgado Reboreda

Redactor de Deportes en la delegación de Pontevedra

Obligado a crecer cada cuatro años

El momento de asumir el paso del tiempo elige el Mundial como medio

Niños cambian cromos de esta Copa del Mundo 2026.

Niños cambian cromos de esta Copa del Mundo 2026. / DPA vía Europa Press

Empezó el Mundial, el torneo más esperado por los amantes del fútbol y que monopoliza el discurso público en las mesas de los bares con la llegada del calor veraniego. Desconozco quién ganará, qué país será la decepción o cuál será la inesperada selección que conquistará los corazones de todos. Esas cuestiones tendrán respuesta, como máximo, el 19 de julio; sin embargo, no sé cuál será la evolución de todos esos pensamientos nostálgicos, que cobran mayor fuerza a cada edición que pasa.

Por edad será mi sexta Copa del Mundo; por consciencia, la quinta. El septiembre después de que Grosso, desde los once pasos, pusiera la cuarta estrella a la Azurra, empezaba en la escuela infantil. Sudáfrica 2010 fue mi primer Mundial. No hubo mejor forma para iniciarme en el rito cuatrienal que con Iniesta, «de mi vida».

Todo era dulce, atractivo, desconocido, adictivo. Las vuvuzelas hacían temblar mi barrio; Leo Messi y Cristiano Ronaldo cedían su identidad en busca de que el Jabulani no fuera tan desobediente y el cerebro era un inventario infalible de qué cromos del mazo ajeno eran nuevos o repetidos. Inocencia y sonrisas puras, sin adulterar.

En Brasil esperaba que todo el monte fuera orégano y la concentración española no llegó a julio. Rusia dolió por su final abrupto ante la anfitriona en un verano adolescente de primeras pinceladas de independencia. Catar transitó por Santiago de Compostela entre la vorágine de la vida universitaria, los ordenadores-pantalla en las clases de la facultad y los extensibles descansos de la biblioteca. Estados Unidos, Canadá y México se escribirá en mi año de debut en el ejercicio de periodista deportivo.

No seré el único al que le sucede ni sucedió esto desde que el Bastón de Nasazzi se puso en funcionamiento. El crecimiento de las responsabilidades y el descenso de la ingenuidad causaron que la virginidad futbolística se diluya periódicamente; cada cuatro años, cuando el calendario me obliga a crecer.

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