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Opinión | Crónicas galantes

Entre Bad Bunny y León XIV

«Una nalgada y la dejo como Po. Le doy por donde hace pipí, le doy por donde hace popó».

Al autor de este delicado verso lo han puesto de feminista y postfeminista incluso en algún prolijo estudio publicado por el Gobierno. Pocas bromas, que Bad Bunny bate récords mundiales de audiencia con sus canciones y ha reunido a cientos de miles de personas en Madrid. Ni siquiera faltaron gentes de la realeza, que también la sangre azul tiene su corazoncito romántico.

Bunny canta en una lengua que recuerda vagamente al castellano, aunque a veces no se le entienda muy bien. Pero se le intuye todo cuando afirma, un suponer: «Quiero jalarte ese pelito rubio y darte en cuatro el 4 de julio». Dar en cuatro se traduciría aquí como «poner mirando a Cuenca», probablemente.

A los más rancios -como el que suscribe- les chocará tal vez que algunas feministas se pirren por las cosas que dice y canta el portorriqueño; pero eso es no saber paladear un buen verso. Obsérvese este, de clara inspiración lorquiana: «Y ya le di a las dos. La amiga repitió. Guau, ¡qué rico me lo mamó! En la boca de la otra se la echó».

Los envidiosos habituales dirán que el reguetón, género aproximadamente musical, se caracteriza por el desprecio a las mujeres expresado, por lo general, en lenguaje tosco. Hasta habrá quien vea incitaciones a la violencia en algunas de sus letras. Pamplinas.

Contra esa idea simplista se alza una parte -tal vez anecdótica- del feminismo, que encuentra en los dulces versos de Bad Bunny una clara «subversión de género» y la «representación de la mujer como sujeto empoderado». Títulos como «Calladita» («Callaíta» en versión original) o «Mala y peligrosa» dan fe de ello.

Tampoco hay que ponerse tan tiquismiquis, que a fin de cuentas los trovadores del reguetón tienen millones de seguidores. La calidad de la música y de cualquier arte en general se valora actualmente en términos aritméticos, siguiendo el principio de los likes que guía a las redes sociales. Y ya está.

Si algo se pudiera objetar tal vez es que los reguetoneros cantan sin ganas y todos sus temas parecen siempre el mismo. Les pasa como a aquellas orquestas cortas de repertorio que presentaban la siguiente canción anunciando que iban a tocar «la misma, pero más cargada de bombo». Y el público seguía bailando, que es de lo que se trata.

Lo de Bad Bunny en Madrid, donde puso Casita, es un fenómeno sociológico y hasta religioso en la medida que compitió por el público con el mismísimo papa de Roma. Una cosa no quita la otra, claro está. Muchos estuvieron en los dos eventos, gozando por la tarde con Bunny y confesándose a la mañana siguiente en lo de León XIV. Aunque a veces no lo parezca, este sigue siendo un país católico. Y reguetonero.

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