Opinión
Teatro del absurdo
Ni Alfred Jarry ni Ionesco podrían haberse imaginado nada mejor: tres líderes cuya popularidad está por los suelos y ninguno de los cuales seguirá seguramente dentro de dos años en el cargo se reúnen con el presidente de un país con su mandato caducado a su vez hace más de dos años y presentan un ultimátum a Rusia.
El presidente francés, Emmanuel Macron, el premier británico, Keir Starmer, y el canciller federal alemán, Friedrich Merz, avalaron así la anterior propuesta del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a su homólogo de la Federación Rusa para hablar en algún país neutral como Suiza o Turquía de negociaciones de paz.
Propuesta contenida en la carta abierta que en un tono que solo cabe calificar de amenazador y arrogante dirigió la pasada semana Zelenski a Putin y en el que insistía en algo que sabe perfectamente que el ruso no va a aceptar: el previo e inmediato cese de las hostilidades.
Y no va aceptar porque, como explicó una vez más el propio Putin en el recién celebrado Foro Económico Internacional de San Petersburgo, no está dispuesto a aceptar un nuevo engaño de Occidente como el de los acuerdos de Minsk, pacientemente negociados por ucranianos y rusos y frustrados en el último momento por el diabolus ex machina británico Boris Johnson.
La carta abierta de Zelenski solo puede considerarse una hábil operación de relaciones públicas que surtió el efecto deseado porque los medios pasaron por alto las amenazas y mentiras que contenía para destacar sobre todo la propuesta de negociaciones y el inmediato y previsible rechazo de Putin, el único malo de la película.
Tras la publicación del escrito y en perfecta coordinación con Zelenski, el trío europeo lanzó desde la capital del Reino Unido, uno de los países tradicionalmente más beligerantes con Rusia, un llamamiento a Putin que suena más bien a amenaza. Rusia debe aceptar un alto el fuego inmediato y total.
La actual línea del frente debe ser el punto de partida de las negociaciones, insisten los tres de la OTAN y su apadrinado ucraniano, aunque recuerdan que las fronteras internacionales de un país no pueden modificarse. ¡A menos que ese país sea el Líbano!
Hace también especial hincapié el cuarteto de Londres en el derecho que tiene Ucrania a obtener firmes garantías de seguridad y a elegir las alianzas que le dé la gana: es decir a ingresar, si así lo desea, en la OTAN o en esa OTAN bis en la que Ursula von der Leyen quiere convertir a la UE.
Y pretenden los cuatro que se olvide que fue precisamente la insistencia de Estados Unidos, que no en un primer momento de Europa, en admitir a Ucrania en la Alianza Atlántica frente a las promesas hechas a Moscú lo que precipitó la «operación militar especial» rusa, como sigue llamando el Kremlin su invasión de Ucrania.
Los activos rusos confiscados por Occidente no se le devolverán a Moscú hasta que ponga fin a su «guerra de agresión» y compense a Ucrania por los daños causados en el conflicto militar, amenazan también Macron, Starmer y compañía.
En cualquier acuerdo que se firme deben también estar garantizados, según dicen, los intereses de seguridad europeos. ¿Por qué no también los rusos?, habría que preguntarse. Pero nadie al parecer lo hace.
El ministro de exteriores ucraniano, Andrii Sibiha, se sumó a las amenazas a Rusia y advirtió al Kremlin de que si no acepta poner ahora fin a la guerra, las condiciones que se verá obligada a aceptar la próxima vez serán más duras.
A escuchar lo que dicen los europeos y lo que afirma el propio Zelenski en su carta abierta, es como si Ucrania hubiese ganado ya la guerra y a Moscú no le cupiese otra posibilidad que presentar su rendición.
Y no hay duda de que Zelenski está ganando la guerra, pero es solo la guerra de la información. Los medios, al menos los de Occidente, han decidido olvidarse del frente, donde Rusia sigue avanzando, aunque demasiado lentamente para algunos, que quisieran una acción mucho más contundente de su país.
Y prestan casi atención exclusiva a los ataques, mucho más espectaculares que la guerra de trincheras, que llevan a cabo los ucranianos con sus drones y los misiles que le suministra la OTAN contra refinerías y otros objetivos en el interior de Rusia, lo que está provocando dificultades de suministro en algunas regiones.
Rusia tiene las manos atadas porque mientras los ucranianos pueden atacar con ayuda de la OTAN la retaguardia , es decir el interior del país enemigos, los rusos han evitado hacer lo propio con lo que sería la retaguardia de Ucrania: es decir los países europeos que fabrican y le suministran las armas para esos ataques. Y que son por tanto también partícipes en el conflicto.
Un eventual ataque ruso a una fábrica o un depósito de armamento en algún país de la OTAN vecino desde donde llegan esas armas, como proponen algunos en Moscú, provocaría una escalada de consecuencias que uno no quiere siquiera imaginar. O nos hemos olvidado ya de que Rusia es una potencia nuclear.
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