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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

La Casita de Benito Antonio

Colección de Zara en colaboración con Bad Bunny, bautizada como «Benito Antonio».

Colección de Zara en colaboración con Bad Bunny, bautizada como «Benito Antonio». / CARLOS PARDELLAS

Un amigo que trabaja para Inditex me contó hace un par de días que el pasado 21 de mayo el grupo que ahora pilota Marta Ortega registró un pico de ventas online que ni en rebajas. Le pregunté por qué y me respondió, simplemente, «Bad Bunny». Fue la fecha en la que Zara lanzó a nivel mundial su esperada colección en colaboración con el cantante puertorriqueño, a la que han bautizado como «Benito Antonio» —muy gallego el nombre, por cierto—. No me puedo imaginar la cifra que habrán negociado la multinacional de Arteixo y la estrella latina por una alianza que ya ha traspasado fronteras y que está en la retina de medio mundo, desde el show de la Superbowl hasta cada concierto de la gira DeBÍ TiRAR MáS FOToS, pero, vista la repercusión, habrá valido la pena hasta el último euro.

A mí Bad Bunny no me aporta nada. Musicalmente me parece que está sobrevalorado, no vocaliza —o seré yo, que con la edad me estoy quedando sordo—, pero sus canciones tienen mucho flow y es imposible no escucharlo varias veces a lo largo del día. Escucharlo y, estas últimas semanas, con sus actuaciones primero en Barcelona y ahora en el Metropolitano de Madrid, verlo rodeado de vips en su ya famosa Casita. Lo que le ha granjeado una buena sarta de críticas por esa selección que hace su personal de confianza para que solo puedan acceder ricos y famosos —he visto en la tele a Marta Ortega (obvio), Ester Expósito, María León, los Javis, las estrellas del Barça con Lamine Yamal al frente, Chiara Ferragni…— y, del público, solo chicas jóvenes, guapas y delgadas. Ni mayores, ni feas, ni gordas.  

Parece que Benito Antonio ya no es tan guay. Que se le ha caído ese halo de buen rollo que se ganó, por ejemplo, al plantar cara públicamente a las políticas migratorias de Donald Trump en el intermedio de la Superbowl. Aunque, pensándolo bien, eso de la Casita no deja de ser una sala vip como tantas otras. Como los palcos de los estadios de fútbol, los backstage musicales o, en una versión algo más carca y rancia, la Barrera de Sombra en una plaza de toros de postín. Asientos privilegiados a los que solo se puede acceder por ser famoso, rico —a veces, lo de rico y famoso va en el mismo lote; otras veces, no— o guapo. Solo que, en el caso de Bad Bunny, esta sala vip tiene forma de casita tradicional puertorriqueña y está plantada en medio de la pista central de sus conciertos, para que todo el mundo la vea y sienta envidia o indiferencia.

Está claro que en España, si no has visto un concierto de Antonio Benito desde la Casita, no eres nadie.

Al final lo que era una gracieta escénica se ha convertido en una especie de escaparate de quién merece ser visto y quién no, con la polémica del «queremos gordas» recordándole a Bad Bunny que los símbolos se le pueden volver a uno en contra, lo que le ha llevado a introducir más «diversidad» para acallar las críticas. A ver cuánto le dura. Pero, seamos sinceros, si mañana sonase el teléfono y una voz nos dijese «vente, que hay sitio en la Casita», más de uno saldría de casa sin terminar el café. Porque es facilísimo afearle a Benito Antonio el filtro cuando el filtro te deja fuera. Lo complicado sería mantener el discurso si te abren la puerta, te ponen la pulserita y te sientan al lado de Ester Expósito o de Lamine Yamal. Ahí ya quiero ver yo a cuántos les parece tan mal la Casita.

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