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Opinión | Crónicas galantes

Banderas al viento

La caída de una bandera durante un acto del Día de las Fuerzas Armadas en Vigo ha suscitado cierta conmoción. Se trata de una mera anécdota, pero es que las anécdotas -y no lo sustancial- son lo que de verdad importa en un mundo dominado por las redes sociales.

Prueba de ello es que el debate se abrió en Facebook, en Instagram y en TikTok, lugares donde un gatito de nombre Serafino, sin más que maullar marramiau, alcanza cientos de miles de visualizaciones. Quien quiera asegurarse miríadas de likes y de seguidores no tiene más que publicar el vídeo de algún tierno animalito.

Lo de la bandera no tuvo tanto éxito de audiencia, pero sí ha dado que hablar. Los comentaristas hicieron toda clase de chuflas sobre el asunto. Hubo quien se tomó con buen humor el lance, comparándolo con las películas de Berlanga y la inveterada tendencia a la chapuza de este país.

Otros, por el contrario, prefirieron interpretar el incidente en clave de drama. Para ellos, el fallo accidental en una driza es una alegoría de la caída de España desde que gobierna Pedro Sánchez.

No faltó siquiera quien extendiese la culpa al alcalde de Vigo, por más que Caballero no tuviera gran cosa que ver con los problemas en el izado de una bandera. Simplemente, se le acusó de ser gafe, que es condición mucho peor.

Cuestión distinta sería debatir sobre la utilidad de estas celebraciones; pero esa es materia que, por compleja, no suele tener cabida en la instantaneidad de las redes. Hablaríamos en este caso de los efectos del nacionalismo, que en opinión del historiador Eric Hobsbawm pasó de ser un movimiento liberal e integrador en sus orígenes a la causa más bien excluyente y conservadora que viene siendo hoy.

Si el nacionalismo atendía en sus comienzos a la unificación de pueblos divididos, a finales del XIX adoptó formas étnicas que derivaron en el odio al diferente: ya fuese extranjero, ya una minoría social. O eso decía al menos Hobsbawm en su ensayo, precisamente titulado Banderas al Viento.

No hará falta aclarar que las exaltaciones de la milicia y sus desfiles adjuntos son habituales aquí y en Pekín. E incluso en Moscú, donde lo normal es sacar a paseo los misiles intercontinentales y otras pavorosas máquinas de guerra.

Aun así, los más aprensivos temerán que sucesos como el de la bandera caída resten credibilidad internacional a España. Tampoco hay que exagerar. Los astilleros españoles construyen, en realidad, buques de guerra que son exportados a varios países, incluyendo a la avanzada Noruega.

No parece que un incidente menor -si bien previsible y evitable- vaya a influir en ese comercio de la industria militar. Por muy berlanguianas que puedan resultar algunas anécdotas, este sigue siendo un país del Primer Mundo. La prueba es que bromeamos con cualquier cosa.

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