Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Crónicas galantes

El Mundial, bálsamo de gobiernos

Polemizan los más futboleros por el hecho de que la selección española acuda al Mundial ya en puertas sin ningún jugador del Real Madrid. Nada más normal, si se tiene en cuenta que el club de la capital alinea un equipo cosmopolita en el que apenas hay lugar para los españoles. Con escaso éxito últimamente, dicho sea de paso.

Tan inusual circunstancia favorece que España concurra al torneo con un equipo en el que abundan los futbolistas de las nacionalidades históricas. Suman en total doce, de un total de veintiséis, los procedentes de clubes de Cataluña, el País Vasco y Navarra, a los que habría que sumar aún a Borja Iglesias, gallego del Celta.

Si la lista atendiese al lugar de nacimiento, los catalanes seguirían siendo ancha mayoría, con nueve futbolistas; seguidos por los vascos —tres— y dos navarros. En este caso habría que contar dos madrileños de cuna, que juegan en el Atlético de Madrid y el Manchester City.

Dado que no son pocos los que confunden el fútbol con la política, podría decirse que la defensa de los colores nacionales estará confiada a jugadores que acaso no los sientan mucho, al menos en la exagerada opinión de algunos. Peor aún que eso, ningún futbolista procede del Real Madrid, club al que se atribuye el depósito de las esencias patrióticas, también con algo de exceso.

Sírvales de consuelo saber que en la España ganadora del Mundial de 2010 eran igualmente mayoría los jugadores del Barcelona. No deja de ser un buen presagio del que todos los hinchas —incluso los madridistas— debieran alegrarse.

Más que ninguno, el presidente del Gobierno asediado por la lluvia de sumarios, registros y juicios que le están cayendo a su partido debido a ciertas sospechas de corrupción. Van a ser cinco semanas de fútbol en la tele que probablemente le den un buen balón de oxígeno a Pedro Sánchez.

El Mundial desplazará de las portadas de la prensa y los noticiarios a las desdichas judiciales que se le acumulan al partido gubernamental. Ese es uno de los efectos más singulares del fútbol. Parafraseando a Marx, parte de la izquierda le atribuye la función de opio del pueblo. Lo dijo aún mejor Eduardo Galeano, que en realidad era un forofo: «El balompié hace que la plebe piense con los pies».

También Franco, que ni siquiera era aficionado, llevaba a la práctica esa idea contraprogramando fútbol a espuertas en la tele para abortar las manifestaciones de los enemigos del régimen. Generalmente, con éxito.

Da igual si de izquierdas o derechas, democráticos o dictatoriales, los gobiernos suelen encontrar una vía de escape a sus problemas en el fútbol. Sánchez no organizó el Mundial, desde luego; pero tampoco es menos verdad que este evento balompédico le va a aliviar durante más de un mes su apurada situación. Y no digamos ya si España gana el campeonato.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents