Opinión | Al lío

Subdirector de Faro de Vigo
Dejad al «Ivy» en paz

Buceadores ante un ancla del buque «Ivy», hundido hace medio siglo en Los Carallones.
De entre toda la nueva hornada de jóvenes periodistas de FARO, que es rica y variada, Jorge Garnelo —Garni, para mí— es de lo mejorcito. No solo por ser un excelente profesional, perfeccionista, con cabeciña y currante, sino porque es un encanto como persona, amigo de sus amigos —a veces, demasiado—, siempre con una sonrisa en la cara, mucho sentido del humor y dispuesto a echar una mano. Vamos, que resulta casi imposible enfadarse con él. Remarco lo de «casi», porque me acaba de cabrear. A mí y a todos los baioneses. ¡Ay, Garni, la que has liado!
Lo atribuyo a las prisas y al nuevo amor, más que al desconocimiento o a no haber hecho los deberes de hemeroteca. O, simplemente, a no haberme preguntado. El enfado viene por la noticia que publicó este jueves sobre una empresa que acaba de pedir permiso para recuperar la carga de un mercante que se hundió por un fortísimo temporal a finales de los años setenta en aguas de Los Carallones, un naufragio que los baioneses conocemos muy bien: el del Ivy. Leo la información de principio a fin y no veo ninguna referencia a los mariñeiros del pueblo, que fueron los primeros en movilizarse en plena galerna para salvar a la tripulación de este buque de 200 metros de eslora que transportaba 30.000 toneladas de mineral de hierro desde Brasil a Alemania. Lograron rescatar, junto a los servicios de emergencia, a dieciséis de los veinte tripulantes que iban a bordo. Una gesta que conviene recordar. De ahí este artículo y el tirón de orejas cariñoso.
El naufragio del Ivy nos marcó tanto que durante muchos años tuvimos un Bar Ivy en Baiona. Por eso me rechinó que en todo el artículo las únicas referencias geográficas que apareciesen fueran la ría de Vigo —de acuerdo, Los Carallones marcan el final de la ría de Vigo—, las Estelas —ok—, Monteferro —ya te estás yendo demasiado tierra adentro, Jorge— y Nigrán —en fin, paciencia—. El Ivy, mejor dicho, la popa del Ivy y su carga —porque la proa se consiguió remolcar y acabó desguazada en algún astillero—, reposan a más de 15 metros de profundidad bajo Los Carallones, frente a la costa de Baiona, una zona que los amantes de la pesca conocen bien por sus fuertes corrientes. Y, si me preguntan, ahí deberían seguir. Porque reflotar ahora ese pecio, más allá de recuperar un cargamento valorado en casi 3 millones de euros, pondría en riesgo un ecosistema único en las Rías Baixas, de un valor incalculable. No hay necesidad.
Tal vez sea eso lo más importante de toda esta historia. Que mientras unos ven un botín sin cobrar frente a la costa de Baredo, otros seguimos recordando la noche en que un puñado de mariñeiros baioneses salió a pelear contra viento y marea para salvar vidas. Esa memoria merece tanto respeto como el propio fondo marino de Los Carallones, convertido hoy en refugio de especies y parte de un ecosistema que no entiende de balances ni de permisos. El mar ya dio bastante aquel día. Tal vez lo más sensato ahora sea dejarlo descansar.
Así que, Garni, un día de estos te bajo al puerto y te pongo al día sobre el Ivy, Los Carallones y esas pequeñas cosas de Baiona que no vienen en Google. La clase, eso sí, corre a cambio de unas cañas. Y de paso, a ver si entre sorbo y sorbo dejamos claro algo que por aquí no admite mucha discusión: el Ivy fue, es y será cosa de Baiona. Y mejor haríamos todos en dejarlo en paz.
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