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Opinión

Condenados a la incertidumbre

Tengo para mí que el verdadero castigo bíblico no es el trabajo, sino el vivir condenado a la incertidumbre permanente acerca de la razón y el sentido de la vida. O tal vez el ser humano estaba ya predestinado a vivir bajo el yugo constante de la incerteza, y de ahí la prohibición primera de comer fruto alguno del árbol de la sabiduría, donde anida el conocimiento del bien y del mal. Sea lo que fuere, lo cierto es que el ser humano es esencial y constitutivamente incertidumbre, desde su origen vive sumido en ella, abocado a la interrogación permanente, siempre en busca de respuesta. Desde los albores de su aparición sobre la faz de la tierra, se hace preguntas sobre el porqué de su existencia y su destino, interrogantes para las que no ha hallado respuesta segura ni alivio para su tribulación. La magnitud del enigma es de tal hondura que perdura a través de los siglos, y hace de nuestra pesquisa afán inagotable, como el de quien camina hacia la utopía, siempre distante, siempre lejana, pero que inevitablemente nos reclama.

Fuimos dotados de razón, sí, pero limitada —¿deliberadamente limitada? —; no alcanzamos a conocerlo ni a entenderlo todo, nuestras ansias de saber no serán colmadas; la razón del existir se torna inentendible y mantiene nuestro espíritu en tensión. Nuestra inteligencia llega hasta un límite, sabiamente, sutilmente diseñado; es la frontera del misterio, donde se abre un vacío nebuloso, sombrío, indescifrable, donde la razón, extenuada, se malogra impotente. Es como si en esa frontera figurasen reproducidas las palabras que Dante situó a la entrada del Infierno: «Abandonad toda esperanza». Es decir, que lo sepas, no hallarás respuesta. Preguntémonos con Unamuno si puede la razón hacerse con la revelación de la vida, suprema inquietud del corazón humano. Nuestras hechuras de finitud se estrellan contra lo que intuimos como infinito. La lucha interminable está así servida. Ocurre, sin embargo, que los afanes y anhelos que a diario van tejiendo nuestra vida nos distraen del enigma que permanece latente, subterráneo, y solo de tarde en tarde emerge.

Creo que en la contemplación de la muerte está el origen de la religión y la filosofía. Por eso algunos pensadores dicen que filosofar es aprender a morir. Es fácil suponer que la religión surgió con anterioridad a la filosofía, pues conmovido el hombre ante el enigma de la vida y de la muerte, ideó con su mirada interior una respuesta hecha de mitos, leyendas, creencias, magia e, impotente y asombrado, creó dioses a su imagen y semejanza.

Einstein decía que todas las religiones y todas las ciencias son ramas de un mismo árbol, proceden de un tronco común. Y quién sabe si todas ellas, a la postre, van a encontrarse en algún recodo del infinito. No lo sabemos. Y si no sabemos, haremos lo posible por soñarlo.

En cualquier caso, la filosofía, como decía Wiliam James, es un esfuerzo especialmente tenaz de pensar con claridad. En ella, como pensamiento trascendental, encuentra el hombre refugio. Es una forma de alzar el vuelo en busca de la verdad esquiva. Pero para elevarse, primero hay que prescindir de todo dogma, que es la negación del pensamiento.

Un trayecto tan breve como la vida — menos que un insignificante y efímero destello en la inmensidad del universo— no llega para descifrar tales enigmas. El misterio es hondo y la vida fugaz.

Nuestra vida agitada y jadeante, convocada por innumerables apremios y distracciones, nos hurta miles de horas de necesaria soledad, del reposo contemplativo que necesitamos para continuar en la tarea de descifrar lo que en verdad somos y, aún más, lo que debemos ser. Pensar la vida. Lo demás es ruido, demasiado ruido.

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