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Opinión

Ruido de coches

Un automóvil es un objeto cotidiano en nuestra vida. Es una pieza sencilla en su concepción: un habitáculo con ruedas, un volante para enderezar la ruta y un ingenio que le insufle movimiento. La tecnología llega después, por aquello de ir con los tiempos, por facilitar su manejo, pero el concepto sigue intacto. Por ejemplo, en un futuro no muy lejano se conducirán solos. Escribiremos la ruta en la pantalla... incluso ni eso, la pensaremos: del implante cerebral —conectado vía wifi— al ordenador de a bordo, y ¡a andar!

Me fijo en los automóviles. A veces, por pura diversión, busco un «coche amarillo sin vuelta». Otras veces los miro con curiosidad económico-empresarial, intentando comprender de donde salen tantos mercedacos y omodas; si bien, lo más sencillo es que me atrapen con su belleza y sus formas. No hace falta ser un Pininfarina para apreciar esos óvalos pomposos, tan de moda. La redondez es amable, está tan cerca de la naturaleza que nos transmite seguridad, nos inspira confianza. Por eso nos gustan. Solo que... sin aviso, un día el coche te hace saltar por los aires. Eso, por desgracia, también es muy natural. Un volcán. Una tempestad. Un terremoto.

Hay ciertos sucesos que nos enmudecen. Nos dejan sin habla. Callados aunque quisiéramos gritar. Gritar mucho, muy alto. Muchísimo. Un alarido que nos abra por dentro. Una conmoción que nunca se detenga, que nunca será suficiente. Por eso, cuando escuché lo ocurrido la semana pasada en Brión, cuando más tarde lo leí, se me disparó la franqueza: «Eso le puede pasar a cualquiera. A ti. A mí. A ella. A cualquiera con niños. A cualquiera que los quiera tremendamente. A cualquiera con preocupaciones. A cualquiera, ¡mierda!». Al poco acudió la empatía... pero cuesta aproximarse a ese lugar. Carajo si cuesta. Compartir los sentimientos de ese padre. Quién tiene las agallas para ponerse en su piel, mirar con sus ojos, pensar con su mente. Hoy en día, en esta sociedad tan empática, ¿quién se enfunda ese faenero de muerte y llanto? Que levante la mano. Llevo días dándole a la moviola. Por más que trato de quitármelo de la cabeza, regresa una y otra vez. Mientras, observo a esas máquinas fabulosas con recelo, dejando que se les escape la belleza.

«¡Que le corten la cabeza!», gritará impulsiva la Reina de Corazones. ¿Para qué? ¿Sumar otro fallecido a la familia? Sí, todas la responsabilidades. Homicidio imprudente. Es una tragedia imposible de entender, siendo muy fácil de explicar. Nada de dramas, simplemente la repetición. El trayecto de costumbre. Y, de repente, un cambio. Una llamada. Es así como vivimos. Trabajo. Prisas. Reuniones. Conciliar… Te habría pasado lo mismo. Es esta vida (bien lo sabes). Es triste. Es pena. Es mal.

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