Opinión | Crónicas galantes
La inteligencia de los relojes
Al que fue presidente del Gobierno, José Luis (R.) Zapatero, le han descubierto una caja fuerte en la que guardaba un centenar de collares, pulseras, brazaletes y sortijas. Se ignora aún si se trata de joyas de valor o de simple bisutería; pero eso es lo de menos. Importa más el hallazgo de relojes en el lote.
Aquí, el más tonto hace relojes, dicen los que quieren ensalzar la inteligencia de los ciudadanos de cualquier país. Quienes usan esa expresión lo hacen para subrayar lo aguda que es la gente de un determinado lugar. Tanto, que incluso los menos perspicaces gozan de la habilidad de montar relojes, que es destreza subalterna.
De ahí que la aparente afición de Zapatero a la relojería puedan vincularla sus enemigos (y algún amigo) a una viveza de ingenio más bien escasa.
Guárdenos el Señor de aventurar que el expresidente ahora afligido por los jueces sea persona de pocas luces. Lo que sorprende es que sugieran eso algunos de los que se relacionaron con él, quizá con la intención de apuntalar su defensa.
Tal sería el caso de César Antonio Molina, que ejerció de ministro de Cultura en uno de sus gabinetes. Piensa Molina que el Zapatero a quien conoció como miembro de su Gobierno era un político «incapaz», sobre todo en cuestiones financieras como las que ahora le agobian.
Al juicio de Molina hay que añadir el de Felipe González, que además de presidente del Gobierno fue durante muchos años el modelo de referencia de la socialdemocracia en España. Sostiene también González que no ve en Zapatero la capacidad necesaria para urdir una ingeniería financiera como la descrita por el juez del caso Plus Ultra. E incluso duda de que el expresidente, en sus limitaciones, sepa siquiera lo que es una sociedad instrumental de esas que esconden dineros mal habidos.
Quizá con el propósito de exculparlo de las acusaciones que pesan sobre él, sus dos excompañeros coinciden en negar a Zapatero la inteligencia mínima para organizar una trama delictiva de tales dimensiones.
Puede que la intención sea buena, pero no deja de recordar aquella defensa que el abogado Groucho Marx hizo de un cliente en Sopa de ganso. «Caballeros, mi defendido habla como un idiota y parece un idiota, pero no se dejen llevar por las apariencias: en realidad es un idiota».
Esa sería una apreciación poco compasiva y sin duda injusta, sobre todo si proviene de dos antiguos colegas. Cuestión distinta es que se tienda a confundir al inteligente con el listo y, por lo general, se valore más al segundo. Será que en la España donde incluso el menos sagaz hace relojes se admira secretamente a los vivos por más que se les denigre en público.
Así es como crece el censo ya cuantioso de despabilados en este país. Y no estamos hablando de caso particular alguno, que ese es asunto de jueces.
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