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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

El juicio nublado de la AEMET

La tormenta que nunca llegó acechando a los celtistas en Balaídos.

La tormenta que nunca llegó acechando a los celtistas en Balaídos. / Marta G. Brea

¡Menudo fin de fiesta el del Celta de Vigo! Enhorabuena a toda la comunidad celeste. Aunque fiesta, lo que se dice fiesta, a punto estuvieron de fastidiarla los amigos de la AEMET con una alerta amarilla por lluvias y tormentas desproporcionada. Me gustaría saber cómo confeccionan sus previsiones los expertos de la Agencia Estatal de Meteorología, porque nada tenían que ver con las de Meteogalicia para este sábado. Espero que el hecho de tener su sede para Galicia en A Coruña no les haya nublado el juicio.

Más allá de la anécdota, del chasco general por las actuaciones que no se llegaron a celebrar y de las pérdidas que dejaron en el bolsillo de algunas peñas, los celtistas volvieron a demostrar por qué forman una de las mejores aficiones del mundo. Se canceló la fiesta y no pasó nada. Incredulidad, sí, resignación, también, y a buscar el ambiente en otra parte, al cobijo de unas tormentas y un diluvio que brillaron por su ausencia —al menos hasta la madrugada—. Estoy seguro de que, en otras latitudes, una decisión tan repentina y absurda —solo tenían que mirar al cielo— habría acabado en disturbios.

Lo mejor será invitar a la AEMET a abrir una oficina aquí en la ciudad. Porque no es lo mismo Vigo que A Coruña. Ni en temperatura, ni en precipitaciones ni en horas de sol. O, si sus modelos no se adaptan bien a nuestra meteorología, dejar las alertas en manos de predicciones más ajustadas, como las de Meteogalicia. Así nos ahorraríamos el mal trago y el ridículo. Y, sobre todo, el peligro de que, de cara a próximas advertencias, los celtistas —que somos muchos— no nos creamos ni la mitad y acabe ocurriendo una desgracia.

Fiesta sí que hubo después, y en cada corazón celeste. Temporadón, tanto dentro como fuera del campo, con el club más involucrado que nunca con la ciudad y con su entorno, después de una etapa de cierta desafección que conviene olvidar; con una imagen de marca brutal —desde la campaña con Madonna hasta el spot para anunciar la última temporada de Iago Aspas— y con una sintonía total con las administraciones. Con todas. Empezando por el Concello, que le ha cedido Balaídos casi a perpetuidad, hasta la Zona Franca, con la que se ha aliado para crear una incubadora de alta tecnología para start-ups de la industria del deporte, como adelantó Pablo Galán. ¡Ah, y con el Mundial 2030, después de mucho pelear, al alcance de la mano! Lo que nos dejaría un estadio de 45.000 espectadores, a la altura de esta afición.

Dejando a un lado la tormenta imaginaria, Vigo volvió a demostrar que, cuando el Celta sonríe, la ciudad entera se ensancha. Volvemos a Europa —por segundo año consecutivo—, hay comunión y hay orgullo de pertenencia. Que no es poca cosa en estos tiempos. Solo queda pedir que, la próxima vez, quienes tienen que mirar al cielo afinen mejor la puntería. Que entiendan que Galicia no empieza y termina en A Coruña y que Vigo no se puede pronosticar desde la distancia. Aquí, como en Balaídos, conviene bajar al campo antes de pitar el final.

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