Opinión | Al lío

Subdirector de Faro de Vigo
Lecciones del (nuevo) Casco Vello de Vigo

La conselleira María Martínez Allegue entrega las llaves de su nueva casa a una vecina en el Casco Vello. / FdV
No me extrañaría que el Casco Vello de Vigo acabase estudiándose —y no dentro de muchos años— como ejemplo de lo que la colaboración institucional puede conseguir. Como una fórmula de éxito para convertir un entorno degradado y marginal en un maná para el sector turístico y la hostelería y, por encima de todo, en un barrio seguro y bonito para vivir. Porque el cambio, para mejor, es innegable: del miedo a cruzar sus calles al placer de pasearlas, de vivirlas. Un cambio que ha quedado plasmado en el libro XX anos reconstruíndo o corazón da cidade, presentado el viernes por la conselleira de Vivenda e Planificación de Infraestruturas, María Martínez Allegue; la delegada de la Xunta, Ana Ortiz; el alcalde Abel Caballero; y el presidente de la delegación de Vigo del Colegio Oficial de Arquitectos de Galicia (COAG), Manuel Martínez Carazo.
Un acto en el que, imagino que imbuidos por esa fórmula del consenso y la colaboración que tan bien ha funcionado en el Casco Vello, Xunta y Concello lograron aparcar durante una hora sus habituales tira y afloja para, precisamente, felicitarse por haber devuelto la identidad a un barrio que fue y sigue siendo motor económico de la ciudad. Esa paz entre las dos administraciones con mayor influencia en Vigo, que tantas veces han reclamado los vecinos y que es tan esquiva como necesaria. Una alineación de los astros pocas veces vista, pero que cuando se produce, como ocurrió —con sus más y sus menos— con el proyecto de la estación de Vialia, que, conviene recordarlo, ha cambiado la configuración del centro, la ciudad avanza. Imparable.
El Consorcio del Casco Vello, participado por la Xunta (90%) y el Concello (10%), se constituyó formalmente en febrero de 2005, con Corina Porro como alcaldesa; Manuel Fraga como presidente de la Xunta ya en su última etapa, justo antes de la llegada del bipartito de Emilio Pérez Touriño y Anxo Quintana, que fue el gobierno autonómico que le dio su primer gran impulso; y Francisco López Peña como delegado de la Zona Franca —el ente estatal abandonaría el consorcio en 2007, vendiendo su participación a la Consellería de Vivenda—. Desde entonces y hasta hoy se han rehabilitado más de 140 viviendas y 36 locales, con más de sesenta arquitectos implicados. Aunque mejor que las cifras son las caras de los afortunados que vamos publicando periódicamente cuando les entregan las llaves de sus nuevas residencias. Una imagen que vale más que mil palabras, literalmente.
Y ahí está, quizá, la lección de fondo. Queda un año para las elecciones municipales y es lógico que cada cual esté ya parapetado en su trinchera, afinando el argumentario y cargando munición electoral. Así funciona esto de la política. Pero convendría no olvidar que, cuando en Vigo se aparcan por un momento las siglas y se empuja en la misma dirección, la ciudad gana. Lo demostraron el Casco Vello y Vialia, dos proyectos distintos, discutidos y con no pocos roces, sí, pero que al final salieron adelante porque, de una forma u otra, hubo entendimiento en lo importante. Juntos, Vigo siempre ha sido más fuerte. Y cuando eso se entiende, la ciudad no solo avanza: despega.
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