Opinión | El correo americano
El ‘establishment’ de mañana
La derrota del congresista Thomas Massie en las elecciones primarias del Partido Republicano de Kentucky se ha interpretado como una victoria del trumpismo. Massie, que votó en contra de su partido en algunas ocasiones (especialmente si se compara con otros compañeros, siempre incondicionalmente leales a su líder), forma parte de un grupo reducido de conservadores, entre los cuales se halla Marjorie Taylor Greene y recientemente Lauren Boebert, que manifestaron ciertas discrepancias con el presidente en asuntos como los archivos de Epstein, la alianza con Israel y la guerra en Irán. Marjorie Taylor Greene lo pagó caro. Trump la acusó de traición. Dijo que estaba loca y le retiró su respaldo. Luego recibió amenazas de muerte contra ella y contra su familia. Y finalmente presentó su dimisión (su puesto lo ocupó un republicano trumpista).
Massie gozó de un momento de esplendor cuando, ante los ojos de comentaristas influyentes como Tucker Carlson, parecía representar el auténtico espíritu de «América primero», el último hombre dispuesto a defender a toda costa el aislacionismo prometido, incluso contra Trump. Pero, al parecer, tal y como ha sentenciado «el mercado», en palabras del empresario y podcaster Patrick Bet-David, Trump sigue sobrepasando causas y principios: lo único relevante es él y sus necesidades. El pueblo ha hablado: Trump sí o sí a pesar de sus contradicciones. Y el que se rebela no sale (ni saldrá) en la foto. Boebert, por su parte, apoyó a Massie, lo cual le valió los ataques y las amenazas del presidente republicano, que definió a la congresista como una persona «mentalmente débil».
Estos disientes son admirados por una parte del movimiento populista (sobre todo los jóvenes varones blancos que consumen los medios alternativos) que desea que se cumplan rigurosamente las promesas del programa electoral: acabar con las guerras interminables en Oriente Próximo, dejar de intervenir económicamente en conflictos externos, levantar la cortina para contemplar las atrocidades cometidas por el estado profundo y reducir el gasto público. Sin embargo, el establishment trumpista (porque ahora el movimiento anti-establishment se ha convertido en el establishment) los insulta, los desprecia y los humilla. Lo cual nos confirma que MAGA, más que un movimiento reaccionario sólido, no era más que una secta con una única misión: perpetuar la infalibilidad de su jefe, por encima de las ideas y las creencias.
Pero igual la historia da otra vuelta de tuerca inesperada. Igual los heterodoxos de hoy son los ortodoxos de mañana. Puede que los que se rebelen ahora obtengan el liderazgo en el futuro. Al fin y al cabo, así nació el trumpismo, reprochándole al poder sus estructuras endogámicas, su elitismo y su alejamiento con respecto a los intereses de la gente, antes de transformarse en los amos del pantano. Ahora Massie, Taylor Greene y Boebert son expulsados de los centros de influencia con desdén porque osan recordarle al demagogo sus orígenes. Se escriben editoriales contra ellos (no hay más que ver la cómoda posición que ha tomado la revista conservadora National Review, situándose del lado de quien manda) y son presentados como frikis, seres extravagantes, fanatizados, mentalmente desequilibrados y políticamente peligrosos. Son más trumpistas que Trump. Los revolucionarios ignorados.
No hay duda de que Massie, Taylor Greene y Boebert han promovido (y promueven) teorías de la conspiración. Taylor Green y Boebert, especialmente, normalizaron la ordinariez en el Congreso, el sectarismo y los bulos, contribuyendo a consolidar la polarización en la que estamos instalados. No son inocentes en su radicalismo, sino coherentes en sus disparates. Sus derrotas, sin embargo, no deberían ser menospreciadas. Quién sabe si mañana otros candidatos más carismáticos e inteligentes se aprovechan de su pureza. No sería la primera vez (¿acaso no se han normalizado muchas de las ideas que propagaba el populista Pat Buchanan, antaño candidato marginal, irrelevante y supuestamente alejado de la realidad). Siempre habrá gente dispuesta a hacer que América sea grande de nuevo. Signifique eso lo que signifique.
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