Opinión
Zapatero y el síndrome de Hubris
La historia de las civilizaciones se escribe a través de las cicatrices de aquellos hombres que, al ascender al poder, creyeron alcanzar el Olimpo. Este licor amargo obnubila la razón hasta convertir la gestión en una patología clínica conocida como el Síndrome de Hubris. Rescatado de la tragedia griega, el término alude a la desmesura desafiante que llevaba a los héroes a creerse iguales a los dioses, solo para acabar precipitados en el abismo por su propia ceguera. Esta afección no se restringe al ejercicio activo del cargo; se manifiesta en la oposición y pervive con virulencia en la posteridad de los mandatos perdidos.
En la política contemporánea, con el foco actual sobre figuras como José Luis Rodríguez Zapatero, el fenómeno se traduce en una sordera selectiva. El líder confunde respeto y legalidad con sus intereses particulares.
La sintomatología es dañina. Aparece un uso excesivo de la primera persona del plural y una identificación mesiánica con la institución o la mediación internacional. Las decisiones se vuelven impulsivas, movidas por una autoconfianza tóxica que ignora los riesgos. Es la enfermedad del aislamiento, donde el líder se rodea de una corte de aduladores que amplifican sus errores y silencia las alarmas sociales, creyendo que podrá actuar así para siempre, incluso una vez apartado del cargo. La realidad se transforma en un espejo deformante donde solo cabe su propia imagen, proyectada con una grandiosidad que desprecia cualquier consejo. El afectado reside en una atalaya de infalibilidad desde la cual las críticas se interpretan como traición, los avisos como envidias y los privilegios como derechos merecidos.
El escenario más complejo se produce, como es el caso, en el momento en que despojado de las vestiduras oficiales, el exmandatario mantiene intacto el delirio de su trascendencia, auspiciado por las necesidades coyunturales del partido y de sus correligionarios. El síndrome se cronifica en una tutela persistente e incómoda, incapaz de asumir que su tiempo ha expirado. Este narcisismo aniquila el relevo natural y enrarece la convivencia, cuando su experiencia debería resultar valiosa para el Estado.
Frente a esta patología del mando, la sociedad reclama reformas estructurales para reforzar el sistema mediante la separación de poderes y el respeto institucional. Se hace necesaria una reforma de la ley electoral que contemple listas abiertas, segundas vueltas y una transparencia rigurosa en la financiación de los partidos. Es el camino para abandonar el cortoplacismo y atender las verdaderas prioridades: educación, sanidad, vivienda y seguridad.
La única vacuna conocida contra el delirio, en el poder o en la oposición, es la humildad consciente y la creación de mecanismos de control que obliguen al poderoso, o a quien aspira a serlo, a rendir cuentas. El antídoto reside en mantener un pie en la vida ordinaria y en rodearse de personas honradas y capaces, incluso de decir no. Sin ese contrapunto, el poder, e incluso el recuerdo nostálgico del mismo, no es una herramienta de servicio, sino un pedestal hacia la irrelevancia, confirmando que aquellos hombres que creyeron tocar el Olimpo solo aseguran su caída cuando se niegan a descender definitivamente de la atalaya.
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