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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

Del 2CV al R5, vuelven los clásicos

El Ford Fiesta que sale en el vídeo de Iago Aspas junto a una Vespa y un Citroën AX.

El Ford Fiesta que sale en el vídeo de Iago Aspas junto a una Vespa y un Citroën AX. / FDV

Los coches retro están de moda. Y lo cierto es que son una joya. Esta misma semana, dos han llamado poderosamente mi atención. Primero, el Ford Fiesta. Mi abuelo Manolo tenía uno blanco que luego heredó mi primo Xosé —para envidia del resto de nietos— y que ya forma parte de la memoria del callejón del Ferreiro. El jueves, visionando esa obra maestra audiovisual con la que el Celta hizo oficial que Iago Aspas seguirá jugando una temporada más, volví a ver uno. Junto a una Vespa y un Citroën AX. ¡Qué bonito el condenado! Además, producto nacional, fabricado por la planta de Ford en Almussafes.

Un Ford Fiesta de los años 70.

Un Ford Fiesta de los años 70. / FDV

El Ford Fiesta, el original, es ya un clásico, como lo fueron en su momento el Seat 600 y el Simca 1000 de Barreiros y Chrysler. Pero no le llegan a la suela del zapato a lo que supuso en su día el Citroën 2CV. Parece que Stellantis quiere recuperar este modelo que tantos años sostuvo la producción de la planta de Vigo —y de muchas otras— y cuya versión furgoneta, la Citroën AZU, fue el primer vehículo que se ensambló en Balaídos. Un modelo prácticamente indestructible, con una suspensión muy adelantada a su tiempo —¿alguna vez han intentado volcar a propósito un 2CV? No lo intenten, es imposible— y con un encanto irrepetible, por mucho que ahora el grupo que pilotan los italianos quiera reeditarlo.

Un Citroën 2CV, el primer turismo que se fabricó en Vigo.

Un Citroën 2CV, el primer turismo que se fabricó en Vigo. / FDV

Ya que me pongo en plan abuelo cebolleta con los coches, debo citar el Renault 4 —¿quién que peine canas no se ha subido alguna vez a un «cuatro latas»?— y el Renault 5. Aquí hay que decir que los amigos del rombo han estado mucho más rápidos que los de Stellantis y ya hay un R5 nuevo rodando por las calles, aunque, perdónenme, no es lo mismo. El R5, que se lanzó en Francia pero también se ensambló en las plantas de la firma en Valladolid y Palencia —Villamuriel de Cerrato—, fue durante muchos años el rey del asfalto en las ciudades y arrastra la leyenda negra de aquella versión deportiva, el Copa, que tantas vidas segó con su turbo. (Ah, y me apunta Amoedo, que está en todo, que también hay un R4 eléctrico picando rueda por ahí).

Un Renault R5 de los antiguos, modelo que ha recuperado la marca del rombo.

Un Renault R5 de los antiguos, modelo que ha recuperado la marca del rombo. / FDV

Otro modelo que para mí tiene una intrahistoria personal y que marcó una época fue el Seat 127. Mi primo Fito —¡cuánto se te echa de menos!— tenía uno con una raya pintada en el lateral al que llamaba, lógicamente, Rayito, con un tapizado horterísimo, y en el que nos íbamos de fiesta los fines de semana. ¡Cuántos recuerdos con el Rayito!

Un Seat 127, otro clásico de la carretera.

Un Seat 127, otro clásico de la carretera. / FDV

Volviendo al universo Peugeot-Citroën, no me olvido del Peugeot 205, en el que hasta hace poco seguía viniendo a trabajar Marcos Romero al periódico; del Citroën Dyane 6, que también se fabricó en Balaídos; y capítulo aparte merece, aunque sea una furgoneta, la Citroën C15, la de «se lo carga todo», un modelo incombustible que dejó de fabricarse por aburrimiento, no porque no se vendiera. Derivado de un Citroën Visa, como ya hemos publicado en numerosas ocasiones, es el vehículo que salvó la planta de Vigo en los ochenta, así que el máximo de los respetos.

Un Citroën Dyane 6, otro de los históricos de Balaídos.

Un Citroën Dyane 6, otro de los históricos de Balaídos. / FDV

Estos coches no eran solo chapa, ruedas y volante. Eran también una manera de vivir, de viajar, de irse de farra, de cargar media casa o de bajar a la playa con la nevera en el maletero. Por eso ahora, cuando las marcas se empeñan en resucitarlos en versión eléctrica, tecnológica y muy mona, uno los mira con simpatía, sí, pero también con cierta desconfianza. Porque el diseño se puede copiar; la memoria, no.

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