Opinión
La nueva fortaleza de China y la provincialización de Europa
Nos guste o no su sistema político, China se ha convertido en una potencia económica camino de desbancar del primer puesto mundial a Estados Unidos. Lo reconoce, entre otros, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama, cuando escribe: «China ha creado un sistema político impresionante. Es autoritario, de semi mercado y muy eficaz en la movilización de las nuevas tecnologías».
Fukuyama, que en su tan famoso como totalmente equivocado ensayo El fin de la historia hablaba del fin de las ideologías y pronosticaba la extensión de la democracia liberal por todo el mundo, reconoce hoy, en referencia a lo que pasa en EE UU con Donald Trump, que «la democracia, especialmente la norteamericana, se desmorona». Vienen estas consideraciones a propósito de las recientes visitas a Pekín del presidente Trump, primero, y solo unos días después del de la Federación rusa, Vladimir Putin, algo que, sobre todo la última, parece haber preocupado sobre todo a los gobiernos europeos.
Éstos han visto con una mezcla de asombro y de envidia cómo, gracias sobre todo al poder que le da su casi absoluto control del sector de las tierras raras, ha sabido resistir Pekín la guerra arancelaria de EE UU mientras que la UE ha tenido que aceptar un acuerdo comercial con Washington más bien draconiano.
El conocido historiador británico Adam Tooze reconocía recientemente que «la historia industrial de Occidente ha sido el prefacio a la historia industrial de China». El futuro será sinocéntrico y Occidente, en especial Europa, deberá resignarse a un proceso de «provincialización». El ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio, ocurrido en 2001, iba a tener muy pronto profundas consecuencias en la industria textil, electrónica del resto del mundo, algo que pocos habían previsto.
Consecuencias que fueron especialmente graves para Estados Unidos. Muchas regiones del país sufrieron una fuerte desindustrialización, algo que explica, entre otras cosas, la llegada al poder del demagogo Donald Trump con su falaz promesa de «Make America Great Again».
El choque que supuso para Estados Unidos el rápido desarrollo industrial de China ha llegado a Europa y golpea sobre todo a su principal motor económico, Alemania, que ve cómo las empresas chinas le comen rápidamente el mercado en sectores que antes dominaba como el del automóvil, la construcción de maquinaria o el químico.
De poco sirven las protestas de Bruselas sobre la competencia desleal que representan las ayudas públicas a la industria china. Como ha señalado algún analista, la relación simbiótica entre el capital y el Estado no es algo exclusivo del país asiático. Los actuales problemas de Europa son en buen parte autoinfligidos por la renuncia del continente, alentada es cierto por Estados Unidos, a la energía barata que antes procedía de Rusia y que era, sobre todo en el caso de Alemania, uno de los motivos de la alta competitividad de su industria exportadora.
A los políticos y medios de comunicación alemanes, afectados por una inexplicable rusofobia, no les queda más remedio que aprovechar la visita de Putin a Pekín para hablar de la «debilidad» de Rusia, que, acosada por sus problemas en la guerra de Ucrania, busca ahora el apoyo de su socio asiático.
China y Rusia dejaron patente en Pekín la voluntad de ambos países de reforzar la cooperación bilateral en todos los campos, desde el energético hasta el de la biotecnología o el espacial, yse posicionaron en la declaración final en contra de las intervenciones militares, el asesinato y el secuestro de jefes de Estado. Pero esto parece importar menos a los medios que señalar la dependencia rusa de China o buscar, e incluso inventarse si es preciso, diferencias entre ambos países, por ejemplo, en relación con la guerra de Ucrania, citando, eso sí, fuentes «anónimas».
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