Opinión | Al lío

Subdirector de Faro de Vigo
La invasión de Vigo

Un caza en el ensayo del desfile aéreo del Día de las Fuerzas Armadas este miércoles en Vigo. / Pedro Mina
Alguno creerá que estamos en guerra. Que Trump o Putin han sucumbido finalmente a la locura, le han dado al botoncito rojo y han ordenado la invasión de la ría de Vigo por ser un enclave geoestratégico que hay que controlar —el Ormuz del Noroeste—, y que nuestras Fuerzas Armadas, con el jefe del Estado al frente, es decir, el rey Felipe VI, se han concentrado aquí para repeler el ataque… o al menos intentarlo. Pero no. No hay motivos para alarmarse —aún no—. Es puro espectáculo. Una fiesta... en la playa.
Vigo acogerá el próximo sábado 30 de mayo el acto central del Día de las Fuerzas Armadas 2026, un ejercicio logístico sin precedentes en el que se movilizarán más de 3.200 efectivos, 71 aeronaves —este miércoles ya se realizaron los primeros ensayos en el espacio aéreo olívico, como bien ha contado Patricia Casteleiro— y un centenar de vehículos blindados. Y sí, acudirán los reyes Felipe VI y Letizia y, por supuesto, la plana mayor del Ministerio de Defensa. Ah, y lo de la playa también iba en serio: los desfiles y ejercicios serán en Samil. Imagino que los militares le habrán ofrecido huevos a Santa Clara, porque esto es Galicia y nunca se sabe.
«Una exhibición con la precisión de una operación quirúrgica», le comentaba el teniente coronel José Vargas sobre la exhibición aérea a Casteleiro, que, pese a tener raíces ferrolanas, no la veo yo muy fan de las Fuerzas Armadas. Aunque igual me equivoco. Sobre la idoneidad, conveniencia, coste, imagen o razón de que Vigo acoja el acto central del día grande de nuestros ejércitos de Tierra y Aire, y también de la Armada y la Guardia Civil, habrá multitud de opiniones, a favor y en contra, o absoluta indiferencia. Pero de lo que estoy seguro es de que será un espectáculo visual irrepetible.
No tengo raíces ferrolanas, pero me crié con las historias de las baterías militares de cabo Silleiro y Monteferro, con sus redes de túneles y cañones, y tengo un primo paracaidista en Madrid, Manuel, que, se lo aseguro, puede presumir de los estados de guasap más increíbles que haya visto en mi vida. Justo antes de escribir esto he visto el último vídeo que acaba de compartir de otro de sus saltos —debe de llevar varios miles a lo largo de su carrera militar— y te deja sin palabras. Así que yo me inclino por el espectáculo y por el respeto a quienes están dispuestos a dar su vida por protegernos, ya sean policías, bomberos o paracaidistas del Ejército.
Y además, seamos sinceros: en una ciudad tan dada a discutirlo todo tampoco viene mal algo que durante unas horas consiga que miles de personas miren al cielo, a la ría o a la avenida de Samil para distraerse. Porque eso será, en el fondo, el Día de las Fuerzas Armadas en Vigo: una gigantesca coreografía de humo, ruido y precisión milimétrica —«quirúrgica», como decía el teniente coronel— sobre la ría. Un espectáculo pensado para impresionar, claro, pero también para recordar que detrás de cada uniforme hay gente que vive permanentemente al borde de lo imprevisible.
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