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Opinión

Irene Bascoy

Irene Bascoy

Subdirectora de Faro de Vigo

Una buena noticia y una mala para el BNG

La portavoz nacional del BNG, Ana Pontón, en el Parlamento de Galicia.

La portavoz nacional del BNG, Ana Pontón, en el Parlamento de Galicia. / Antonio Hernández Rios

Las últimas cuatro elecciones autonómicas en España dejan un mensaje claro para la izquierda ante una derecha que sigue ganando posiciones. El PSOE continúa su declive, tras perder una media de cinco puntos porcentuales de voto, con Extremadura como peor registro, con catorce puntos menos. Y la izquierda que mejor resiste no siempre es la que se presenta bajo una marca estatal —Podemos, Sumar o IU—, sino la que actúa y habla desde el territorio. Es una buena noticia, pero también una mala para los nacionalistas gallegos.

Andalucía, Castilla y León, Aragón y Extremadura no dibujan un mapa uniforme, pero sí una tendencia reconocible: allí donde el socialismo se debilita, una parte del votante progresista busca refugio en fuerzas con identidad propia. Y ahí es donde el BNG, como fuerza nacionalista de izquierdas y ya desde una posición sólida como segunda fuerza del Parlamento gallego, tiene opciones de seguir creciendo. Eso sí, a costa del PSdeG y temiendo que la debacle socialista acabe invalidando una potencial alternativa al PPdeG.

Los nacionalistas gallegos necesitan crecer, pero también necesitan que el PSdeG no se convierta en una fuerza residual. Para que haya alternancia no basta con sustituir al PSOE como referencia de la oposición, algo que el Bloque ya ha hecho. Hay que sumar una mayoría. Un PSdeG demasiado débil no abre la puerta de la Xunta; puede cerrarla.

El alza de las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE y con marcado acento territorial se demostró el domingo en Andalucía. El PSOE-A quedó lejos de recuperar su viejo poder autonómico: perdió peso y anotó el peor resultado de su historia, con 28 escaños. En cambio, Adelante Andalucía, con un discurso claramente andalucista y muy centrado en los problemas sociales, pasó de 2 a 8 diputados. La izquierda del PSOE creció, pero lo hizo sobre todo por la vía territorial, no a través de la marca estatal de Sumar, Podemos o IU, que apenas salvó los muebles al conservar sus cinco actas.

Aragón refuerza esa tesis territorial. El PSOE cayó con fuerza, de 23 a 18 escaños, mientras la Chunta Aragonesista duplicó su representación, de 3 a 6. La izquierda estatal quedó muy debilitada, pero no todo el voto progresista se fue a la abstención ni regresó al PSOE. Una parte se desplazó hacia una marca aragonesista reconocible. Cuando hay una fuerza territorial con implantación, liderazgo y discurso propio, puede convertirse en el partido refugio del votante de izquierdas desencantado con el socialismo.

Castilla y León ofreció la cara contraria. Allí el PSOE aguantó e incluso mejoró ligeramente, al pasar de 28 a 30 procuradores, pero la izquierda situada a su izquierda desapareció de las Cortes. IU-Sumar y Podemos quedaron fuera. Extremadura introduce otro matiz: allí el PSOE sufrió un desplome histórico, al pasar de 28 a 18 escaños. Podemos-IU creció, de 4 a 7 diputados, pero no fue suficiente para compensar la caída socialista. La derecha ganó con claridad.

De cara al nuevo ciclo electoral, con las municipales dentro de un año, la posibilidad de que coincidan con unas generales, y las autonómicas gallegas de 2028 en el horizonte, el PSdeG debería estar muy preocupado. Hace tiempo que dejó de ser percibido en Galicia como la alternativa principal al PP y ya no cuenta con el salvavidas automático de la marca PSOE. En 2024 quedó reducido a tercera fuerza, muy lejos del BNG. Ya no ocupa el centro del bloque progresista porque los votantes ya han movido esa centralidad.

Lo urgente para los socialistas gallegos es reconstruir un suelo creíble: recuperar presencia territorial, discurso propio, liderazgos reconocibles y utilidad política. De lo contrario, corren el riesgo de perpetuarse como un partido necesario para sumar, pero incapaz de liderar la alternativa.

La tendencia del BNG es al alza y probablemente podrá sacar provecho de la sangría socialista. El viento de cola juega a su favor, pero esos votos van y vienen. Debe aprender a retenerlos. Su techo no se romperá solo por acumulación de descontento con el PSOE. Para gobernar, el Bloque debe convencer también a votantes que no se definen como nacionalistas, a electores moderados que quieren cambio sin sobresaltos y a sectores que alguna vez confiaron en el PP. Ana Pontón, quizás en su última cita como candidata, se la juega. La incógnita es si la UPG soltará las riendas y permitirá a la mujer que resucitó al BNG y lo colocó como alternativa al PP, dar el salto cualitativo que le permita ser fuerza de gobierno, y no solo eterna alternativa. Ahí es donde se juega la alternativa a Alfonso Rueda, un Rueda, que, no olvidemos, lo dará todo para revalidar su mayoría absoluta y volver a frenar la entrada de Vox en Galicia.

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