Opinión | Al lío

Subdirector de Faro de Vigo
Las dos treintañeras que alborotaron Vigo

El Príncipe Felipe, en Vigo en mayo de 1996, con motivo de la presentación de los modelos Citroën Berlingo y Peugeot Partner. / Magar
La pieza de Amoedo —Adrián Amoedo, que es nuestro Bond, James Bond del motor— sobre los treinta años de las Berlingo-Partner no tiene desperdicio y, por su culpa, he vuelto a bucear en la hemeroteca y a preguntarles a los senior de la antigua Citroën —o sea, a mi pater y compañía— lo que supuso realmente este doble lanzamiento en 1996, además de un éxito sin precedentes que continúa a día de hoy con la tercera generación —proyecto K9— abierta a nuevas marcas dentro y fuera del universo Stellantis.
Reviso las fotos y me encuentro a un jovencísimo Príncipe Felipe, con sus casi dos metros de estatura, metiéndose como buenamente podía en el interior de una Berlingo en el acto de presentación oficial de este modelo Citroën y de su «gemelo» de Peugeot —aunque eso de gemelo, a los de la marca del león, nunca les gustó—. Veo también a Josep Piqué, entonces ministro de Industria en el Gobierno de José María Aznar; a Manuel Fraga —presidente de la Xunta—, a Manuel Pérez —el alcalde—, a Juan Miguel Diz Guedes —conselleiro— y a Luis Zapatero —director general de Citroën—, de quien hablé hace unas semanas. Al que no encuentro es a Javier Riera, pero creo que el evento coincidió con esos dos años en los que se trasladó a la dirección de PSA Peugeot Citroën en Francia antes de regresar, de nuevo, a los mandos de la planta.
No, no fue un proyecto cualquiera el de las primeras Berlingo-Partner. Se invirtieron unos 33.000 millones de pesetas, que, al cambio, rondarían los 200 millones de euros —hoy esa cifra se multiplicaría por dos o por tres—; permitieron transformar Balaídos en un centro piloto —para lanzamientos en exclusiva mundial, el mayor rango que se le podía otorgar a una factoría— y allanaron la adjudicación, tres años después, del emblemático Citroën Xsara Picasso, el primer monovolumen que se ensamblaba fuera de Francia, y con el que sí llegó la consolidación del tercer equipo de producción en la factoría. Es decir, el turno de noche.
Casualidad o no, un año después, en 1997, arrancó el Clúster de Empresas de Automoción de Galicia (Ceaga) por empeño de los proveedores vigueses, sobre todo de Copo —Román Yarza— y Viza —hoy integrada en el grupo canadiense Magna—, y con el apoyo implícito de Riera.
Con todo esto, lo que pretendo decir es que con la saga de las treintañeras Berlingo-Partner comenzó la era moderna de la planta viguesa, tal y como la conocemos hoy. Por eso, cuando tocó renovarlas, primero en 2008 con la segunda generación —proyecto B9— y, la última vez, en 2018, con la tercera —K9—, todo Vigo se movilizó para no perder el proyecto a favor de otras plantas ubicadas en países low cost, algo que, mucho me temo, volverá a pasar dentro de dos o tres años.
Aún recuerdo como si fuese ayer a un jubilado de la antigua Citroën encarándose, allá por 2014, a Yann Martin —que por aquel entonces era el director de Balaídos— en la piscina pública de A Ramallosa —fui testigo directo—, para que hiciese todo lo necesario para atar el lanzamiento:
—«¡Las K9 son muy importantes para Vigo!», le insistía el paisano, cargado de razón.
—«Lo sé, lo sé», le respondió el francés, que, hay que decirlo, remó a favor de Balaídos como si fuese un vigués más.
Y no le faltaba razón al señor de la piscina. Porque las K9, como antes las B9 y, mucho antes, aquellas primeras Berlingo-Partner de 1996, las C-15 de los ochenta o incluso la Citroën AZU de 1958 —el primer coche que se fabricó en Vigo—, nunca fueron solo un modelo más dentro del catálogo de la planta. Fueron, en realidad, el hilo conductor de una parte decisiva de la historia reciente de Balaídos. El proyecto que ayudó a transformar la factoría, a elevar su rango dentro del grupo, a consolidar empleo, a dar aire a la industria auxiliar y a demostrar que Vigo podía competir —y ganar— en la primera división mundial de la automoción.
Por eso cada renovación se vive aquí casi como una cuestión de Estado. Porque no hablamos solo de furgonetas. Hablamos de una saga que, tres décadas después, sigue explicando bastante bien por qué Balaídos es lo que es. Y que dure.
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