Opinión | Crónicas galantes
El Juicio Final del fútbol

Los jugadores del Celta, durante la ofrenda y entrega de la insignia de oro y brillantes al Cristo de la Victoria, en 2009. / Jesús de Arcos
Asegurando el tiro, el Deportivo ha obtenido la bendición del papa para que le eche una mano en su muy probable ascenso a Primera División, que es la versión futbolística del Cielo. A fin de estimular el celo pontificio, el club regaló a León una camiseta con su nombre y el dorsal XIV en numeración romana, como corresponde al Obispo de Roma. Raro será que Galicia no recupere sus derbis turco-portugueses en la próxima temporada.
No es la primera vez que los equipos gallegos apelan a las influencias papales y hasta a las apostólicas en las alturas.
Los más veteranos recordarán la peregrinación de Javier Irureta a Santiago tras ofrecer ese sacrificio al Apóstol en el caso de que el Deportivo ganase la Liga. El Dépor al que entonces entrenaba se proclamó campeón; y el técnico cumplió su promesa. En la Liga bipartidista de hoy, eso sería directamente un milagro.
También Horacio Gómez, en su día presidente del Celta, pidió la intercesión de Santiago para apear de la UEFA a un poderoso contrincante inglés. El Apóstol, que es imparcial pero gallego en estas cosas, le concedió el deseo; y allá que se fue Gómez a gastar suela desde O Cebreiro a Compostela.
Estas ofrendas y recompensas tienen su lógica teológica, aunque los impíos renieguen de tales transacciones. Son en realidad muchas las señales que apuntan al fútbol como una variante deportiva y algo mundana de la religión.
El fútbol, como la misa, era un ritual propio de los domingos hasta no hace tantas temporadas. Nada más natural, dado que el domingo es el Día del Señor. La Liga perpetró después la herejía de distribuir entre el viernes y el lunes los antiguos oficios dominicales del balompié; pero también la Iglesia hizo algo parecido al habilitar los sábados.
A eso hay que añadir el dato de que los estadios en los que se oficia el partido lleven a menudo apelativos de templos como, un suponer, la catedral de San Mamés en Bilbao. Allí acaba de rebañar el Celta un punto que bien podría resultar glorioso.
Hasta el lenguaje futbolístico incurre directamente en la teología. La Liga que estos días vive su Juicio Final reúne a los clubes que luchan por la «salvación» y a los que intentan salir del «infierno» de Segunda. Luego está el pequeño grupo que se disputa la gloria de la Champions y los paraísos subalternos de la Europa League.
Agréguese a todo eso, en el caso de Galicia, los equipos que lucen en la camiseta la Cruz de Santiago -Celta, Racing de Ferrol, Compostela-, y fácil será entender que el fútbol es un deporte inesperadamente evangélico.
Lo intuyó muy bien el sabio entrenador del Liverpool, Bill Shankly, al que en cierta ocasión preguntaron por estas exageraciones. «Algunos creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte; pero es mucho más importante que eso», aclaró. Y eso que en el Reino Unido no son papistas.
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