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Salvador Fraga
Desde la acera, a simple vista

Medianera en la calle Florida de Vigo / ALBA VILLAR
Triunfan los coches gordos. En cada maniobra los tallamos, malamente aparcan. No solo triunfan en la calle sino en la Formula 1. Del Ferrari mínimo de Michael Schumacher, en un viaje escénico breve, 20 años, arribamos al Aston Martin de Fernando Alonso, recrecido de eslora, manga, y puntal. Adelantar en circuito paso de difícil a cerca de imposible. Tan difícil como usar nuestra plaza de garaje, ajustada a normativa.
El desafío por descarbonizar el automóvil, ayuda a entenderlo. El coche eléctrico viene inesperadamente pertrechado de alforjas voluminosas. ¿Error de juventud? El tiempo, dirá. O bien es más simple, y todo se debe a lo que el mercado hace o deja de hacer: Europa es un rincón apretujado, mientras son extensos los otros muchos mundos. El mercado es una factoría global que desactiva particularidades locales. Lo “mini” es un mito europeo.
En Vigo, triunfan medianeras en color. ¡Que sensibilidad del arte! A la vez, un toque de atención. Ponen el dedo en la llaga: la medianera es una espera urbanística. Espera por un edificio que, hoy, es claro, jamás se construirá. Para el planeamiento (arquitectos y jurídicos) es un tabú (ciego como la propia pared), intocable. ¡Los artistas callejeros sí se han atrevido! Abren camino al futuro que ha de venir: abrir esas paredes a la luz de la vida, la razón, las bocanadas de aire. Mejorar la vivienda.
En la acera, pasamos de caminar observando a caminar hablando. Las icónicas cabinas de teléfono (pocas) variaron a carcasas de móvil (innúmeras). La conversación íntima, privada, mudo al “allegro gracioso”, exhibir la conversación. Hablar sí, preguntar no. Las respuestas ya están de antemano con la web en la mano. ¡Cuidado! una línea sutil separa la IA (mecenazgo) de la fake news (impostura). Otra forma de salir a la calle, del saludo, los encuentros, la atención, los ritmos de pies. Menos angelical.
En la calle, se generaliza la plataforma única (acera y calzada al mismo nivel). Diluye la frontera que separa al ciudadano peatón del ciudadano coche (Dr. Jekyll y Mr. Hyde). Así, nos reconcilia con nosotros mismos. Menos velocidad, menos conflicto, menos bordillo, menos traspiés. Rehabilitaciones urbanas (¿humanizaciones?) donde, a menudo, triunfa la belleza mediática (los “me gusta”) sobre la belleza física, el carisma de la arquitectónica, la entereza del arbolado. El final resulta: tanto corta y pega, homogeniza las ciudades.
En las fachadas, triunfa un paso a dos: la recuperación del patrimonio histórico del brazo de las nuevas tecnologías. Jambas y dinteles de ventanas atrapadas de barroquismo histórico, contrapuntean con vanos acristalados formato XL, líneas puras, silenciadas. Silencia balcones, la prohibición de ropa tendida. La aerotermia arañando kilocalorías, sin ventilación cruzada, cohabita con la restauración de ventanales de madera y galerías de forja.
En el aire, se disparó la vigilancia indisimulada. Pase lo que pase en la acera, varios dispositivos suspendidos como farolas lo han filmado, lo han documentado. Sustituyen la mirada furtiva y cotilla tras los visillos. La certeza incómoda de estar escrutados desde ojos mecánicos. ¡La óptica! Ayuda impagable, en medicina, cirugía, salud del aire, comunicaciones, control de los océanos. La acera enseña a utilizar la balanza, la vara de medir, a valorar.
En los portales, aquello parece una sala de lectura de rótulos. ¿Adónde vamos? El visitante, precavido, busca la dirección contratada para pernoctar. Cada mañana, maletas pequeñas traquetean por la acera, y ojos ávidos exploran los portales. La ciudad, había ofertado alojamiento. ¡Claro! alguien del vecindario resulta desplazado. Por si no había quedado claro: cada vez más, se nos empuja de vivir en una vivienda a vivir en una habitación.
Desde la acera, a simple vista, el paisaje urbano es otro desde el fraude financiero de 2008. Disminuyó la profundidad de la ignorancia, del maniqueísmo, de la inocencia. Con serenidad, asistimos al vértigo de la aceleración histórica. Galicia, deja atrás la chapuza territorial y el prejuicio. Se hacen oír los sintecho. En 2008, las élites de la ciudad ejercían de piloto y el vecindario de copiloto. ¿Se vislumbra una alternancia al volante?
Quizá, sin esperar al último segundo, ¿un cambio de carril ético?
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