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Opinión | El correo americano

Ben Shapiro y el alma del Partido Republicano

Dicen que el imperio mediático de Ben Shapiro está colapsando. La popularidad de este comentarista judío ha caído en picado desde que se enfrentó a otras figuras representativas de la derecha a propósito de Israel. Candace Owens y Tucker Carlson, por ejemplo, no solo acusaron a Shapiro de servir a intereses extranjeros, sino de pretender purgar del movimiento MAGA a todo aquel que alza la voz contra el gobierno de Netanyahu. Esto es un síntoma muy revelador en el proceso que está viviendo ahora el conservadurismo. Una gran parte de los votantes republicanos cuestiona la alianza de Estados Unidos con Israel. Lo cual parece legítimo y comprensible. Pero ese espacio político también se ha visto contaminado de antisemitismo, como prueba el éxito que tiene el neonazi Nick Fuentes entre los jóvenes conservadores. Aunque desafortunadamente algunos son incapaces de distinguir lo primero (crítica al gobierno de Israel) de lo segundo (odio a los judíos), y eso complica mucho más el debate.

Shapiro pretendió solucionar el entuerto a la vieja usanza. Se plantó en uno de los actos de la Turning Point USA, la organización del activista asesinado Charlie Kirk, y, mencionando nombres concretos, alertó sobre ese grupo de personas que difunden teorías de la conspiración y discursos de odio para alcanzar más visionados. Un esfuerzo inútil que conduce inevitablemente a la melancolía. Porque la audiencia a la cual iba dirigida ese discurso no es receptiva a ese tipo de mensajes. Y, por supuesto, generó el efecto contrario: un rechazo al llamamiento de Shapiro, a quien muchos en ese mundo ya empiezan a ver con sospecha.

Con independencia de lo que se piense sobre las posiciones políticas de Shapiro, uno no puede sino simpatizar con la idea de apartar a los supremacistas blancos de cualquier causa. El problema, como casi todo lo que ocurre con este nuevo populismo, es que esos incómodos referentes ahora señalados por Shapiro fueron alimentados antes con fervor cuando su presencia resultaba eficaz para combatir al adversario. Por ejemplo, Candace Owens, autora de las teorías más rocambolescas sobre el asesinato de Charlie Kirk y una persona ciertamente creativa a la hora de elaborar conspiraciones, trabajó en el grupo de Shapiro, el Daily Wire. Algunos dirán que Owens se perdió, que antes no era así, que se le fue la cabeza, que ha resultado ser una decepción. Pero las señales ya estaban allí para quien quisiera verlas. Ahora bien, Owens era muy útil cuando todo ese pensamiento mágico y ese ánimo de provocar se empleaba para combatir a la izquierda woke y a los demócratas. Entonces era «valiente», «libre» y «heterodoxa», mientras Carlson, ahora enajenado, siempre era «brillante», «elocuente» e «independiente». El peligro de asociarse con los maestros de la conspiración es que un día, si te enfrentas a ellos, te puedes convertir en uno de los protagonistas de sus historias.

Shapiro, con su discurso, quiso ejercer de gatekeeper, de guardián de las esencias de la derecha, como hizo William F. Buckley en 1955, cuando creó el movimiento conservador moderno y expulsó a los antisemitas y otros extremistas de su proyecto ideológico. En este momento, sin embargo, con una audiencia completamente fragmentada, además de que no existe un líder de esas características y con una influencia semejante al fundador de National Review, es mucho más difícil imponer una visión sobre las otras. Además, el movimiento MAGA, aunque sea una posible consecuencia de aquel fenómeno de los años cincuenta del siglo pasado, emergió precisamente desprendiéndose del control de los intelectuales o de las personas que pretenden ejercer como tal. Shapiro, como tantos otros, se horroriza del fanatismo y del odio promovido desde ciertos círculos gracias a los cuales se hizo un nombre. Hasta que le tocó a él. Solo así comprendió verdaderamente la gravedad de la situación, lo cual dice mucho del papel que Shapiro jugó en la legitimación de los discursos que ahora denuncia. «¡Escándalo, aquí hay nazis!», dicen los que coexistieron naturalmente con el nativismo porque este otorgaba fuerza a la coalición y, al final, los rivales también eran muy malos. Demasiado tarde. Las palabras de Shapiro valdrían mucho más si fueran pronunciadas antes, cuando el objeto de la controversia no era él mismo. De ahí que la guerra civil de MAGA se parezca más a una guerra empresarial que a una lucha ideológica: no se trata tanto de reformar a la derecha como de sobrevivir en el mercado. Veremos cuánto tiempo aguanta Shapiro en el lado de los que, en efecto, pueden perder algo con esto. Igual no es capaz de salvar el alma del Partido Republicano, pero sí la suya.

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