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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

Seis horas al día de móvil

Adolescentes usando su móvil durante una charla.

Adolescentes usando su móvil durante una charla. / Marta G. Brea

«No puede ser», «tiene que estar mal», «serán seis horas acumuladas a la semana». Esa fue la reacción de hace unos días en la reunión de portada de FARO cuando Irene Bascoy avanzó la scoop de Carmen Villar que acabaría abriendo el periódico ayer —como no podía ser de otra forma—: «Casi 7.500 adolescentes gallegos están enganchados a las redes sociales». Y por enganchados nos referimos a que dedican entre semana hasta seis horas al día al móvil —WhatsApp, TikTok, Instagram y compañía—, cifra que puede llegar a triplicarse los fines de semana. En efecto, al día. Hablamos de chicas y chicos de 14 y 15 años, de 3º y 4º de la ESO, que es cuando las familias solemos regalarles su primer smartphone y se destapa la caja de pandora. Mucha tela que cortar.

Reconozco que me costó creérmelo. Seis horas es el tiempo que suelo dormir. Seis horas es prácticamente una jornada laboral. En seis horas puedes viajar en coche de Vigo a Toledo y, en avión, con escala, hasta Berlín. Seis horas son el 25% de un día entero o, dicho de otro modo, una cuarta parte. Difícil de aceptar, ¿verdad? Pero entonces cogí mi móvil, revisé el informe semanal de uso de pantalla y dejé de cuestionar el dato. Por encima de las tres horas casi todos los días, excepto en los libres, cuando cae en picado. Tres horas dedico yo, un adulto, sin redes sociales más allá de WhatsApp y LinkedIn, al móvil cada día. «El trabajo», podría excusarme. Sí, este oficio obliga a estar conectado permanentemente, pero aun así estamos hablando de una octava parte del día, a la que luego hay que sumar el tiempo delante del ordenador… Un horror, ya sé.

En fin, que tenemos un reto mayúsculo como sociedad. El uso problemático de las redes sociales —terminología que prefiere la OMS en lugar de «adicción», aunque no deja de ser un eufemismo— afecta al 15,2% de los adolescentes gallegos de entre 14 y 15 años, casi uno de cada seis, y son datos de la última encuesta del Plan Nacional sobre Drogas, no argumentos de barra de bar. Si ya a los adultos nos cuesta regular el uso de las redes y de las pantallas, no quiero ni imaginar lo que supone para un adolescente al que le acaban de entregar un smartphone que, literalmente, le abre las puertas al mundo, para lo bueno, sí, pero sobre todo para lo malo. Como dice Antonio Rial Boubeta, profesor de la Universidade de Santiago y especialista en la investigación de adicciones, hablamos de una edad muy vulnerable, en la que este tipo de conductas los puede marcar de por vida. ¿Hay solución? ¿Podemos hacer algo?

Por suerte, hay esperanza. Que cada vez más familias retrasen la entrega del primer móvil y se alineen con otros padres para resistir la presión social ya es un primer paso. Pero solo eso, un primer paso. Porque en juego no está únicamente el tiempo que pasan mirando una pantalla, sino algo mucho más delicado: la forma en la que van a aprender a relacionarse con el mundo, con los demás y consigo mismos. Lo escribo, además, con dos hijos pequeños en casa que avanzan, queramos o no, hacia esa adolescencia de pantallas, notificaciones y algoritmos. Y ahí es donde a uno se le encoge un poco el alma. No hablamos solo de móviles, sino de educación, de atención, de autoestima y de una parte de su vida que, si no hacemos algo a tiempo, otros acabarán diseñando por nosotros

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