Opinión | Crónicas galantes
Ya nadie se cree nada
Los internautas empiezan a perder la fe en las redes sociales, lo que casi es una forma de apostasía y una noticia feliz. A este paso acabarán por pensar que todo lo que ven en ellas es mentira, incluyendo esta exagerada afirmación.
No es que los cuentistas con cuenta en Facebook, TikTok, Instagram o cualquier otro mentidero hayan dejado de publicar las habituales trolas. Al contrario, siguen en ello. Lo interesante es el hecho de que los usuarios atribuyan a montajes de inteligencia artificial (IA) todos los vídeos que ven en las redes, incluso los genuinos.
Tampoco es que el público digital sea especialmente exigente. Hasta ahora bastaba con inventarse bulos para atraer su atención, en particular si alcanzaban el rango de disparate e iban acompañados de insultos y faltas de ortografía. Pero en esas llegó la IA, gran invento que ha obrado el milagro de sembrar la duda entre quienes venían aceptando cualquier burrada como verdad irrebatible.
Los prodigios de la Inteligencia Creada (por los humanos, claro está) permiten la invención de vídeos auténticamente falsos que son imposibles de discernir de la realidad. También la clonación de voces y otras magias antes impensadas.
Se trata de un avance muy útil, contra lo que muchos opinan. Para empezar, la IA ha conseguido que los crédulos visitantes de las redes desconfíen de casi todo lo que se publica en ellas. Nada que ver con lo que venía sucediendo.
Las redes habían sido hasta ahora de gran provecho para los políticos sin escrúpulos que, en algunos casos, se apoyaron en ellas para llegar al poder.
El caso más notable es el del mismísimo emperador del mundo, Donald Trump, que cautivó a las franjas menos perspicaces de la población americana mediante una diaria lluvia de tuits para dummies. (Dummy es, como el agudo lector ya sabe, el término que los anglos usan en su variante despectiva para llamar torpe a alguien).
Trump tiene una muy mala opinión de la prensa, a la que acusa de difundir fake news y/o estar vendida a las elites, como, un suponer, el New York Times, al que tiene enfilado. La verdadera información, a su juicio, sería la que proveen las redes sociales en las que cualquiera puede publicar lo primero que se le venga a la cabeza.
Si las redes destronaron en su día a los medios tradicionales de comunicación, ahora es la inteligencia artificial la que amenaza, a su vez, con quitarles a ellas la absurda credibilidad de la que disfrutaban.
Esto se veía venir desde que los vídeos de TikTok, gabinete de magia china, sustituyeron a la escritura del anciano Facebook o de Instagram, que han acabado por imitar esa técnica asiática. Un poco tarde piaron. La IA hace imposible distinguir lo cierto de lo inventado, de modo que ya nadie se cree nada. Es de esperar que ni siquiera los seguidores de Trump.
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