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Opinión | Editorial

Una ley digital en la buena dirección pero insuficiente

Imagen de archio de un dispositivo móvil con la red social X.

Imagen de archio de un dispositivo móvil con la red social X. / Antonio Lacerda

En los últimos cinco años, FARO ha publicado cientos de informaciones sobre las oportunidades, las amenazas y los peligros de la digitalización en nuestra sociedad. Las pantallas (sobre todo los móviles) ya forman parte de nuestras vidas, casi diríamos que de nuestros cuerpos, como si fuesen una quinta extremidad adosada a las manos. En este tiempo, por no retrotraernos más atrás, hemos advertido sobre el impacto de un uso descontrolado, sin límites, entre los ciudadanos, pero en especial entre los menores. Sobre las consecuencias de una estrategia de digitalización extremadamente liberal en las escuelas. Nuestra llamada de atención ha tenido una amplia y recurrente acogida en este mismo espacio editorial. Desde 2022, FARO ha publicado hasta cinco textos sobre esta espinosa cuestión: ‘El ruido digital, amenaza para los jóvenes gallegos’ (septiembre 2022), ‘Oportunidades y peligros de la digitalización en las aulas’ (marzo 2023), ‘Coto a las pantallas en los colegios’ (noviembre 2023), ‘Por una vida real, fuera de las pantallas’ (julio 2024) y ‘Las pantallas, un aliado descontrolado’ (agosto 2025).

La insistencia en la temática es una prueba inequívoca de la preocupación social existente; y la evolución en el tono de los titulares es una señal de que el problema, lejos de contenerse, se ha agravado. Hasta el punto de que aquellos, ya sea instituciones, gobiernos, colectivos o ciudadanos anónimos, que hace un lustro se mostraban comprensivos por no decir eufóricos defensores de la tecnologización de las aulas —repudiando los contenidos en formato físico: el libro, la libreta y el bolígrafo eran descalificados como vestigios de una visión antediluviana— hoy ya admiten que la situación se ha escapado de las manos y que se hace imprescindible echar el freno, revisar planteamientos y buscar el necesario equilibrio entre, digámoslo así, tradición y modernidad. Esas voces son las que hoy defienden un modelo híbrido.

Cinco años después de que las primeras voces de alarma se empezasen a escuchar —en las páginas de FARO y en comunidades de padres y madres de alumnos especialmente sensibilizados con la amenaza de las pantallas, en las aulas y fuera de ellas—, la Xunta acaba de presentar el anteproyecto de Ley de Educación Digital, un texto que aspira a poner orden y limitaciones al empleo de las pantallas. Esta norma es, sin duda, un importante paso en el camino correcto y responde a una demanda social mayoritaria. La decisión de la Consellería de Educación de incorporar al programa E-Dixgal el material didáctico en formato físico y papel es, aunque sus promotores no lo verbalicen con tanta crudeza, el ejemplo de que la digitalización extrema de la enseñanza —que encuentra su prolongación natural en la calle y en los entornos familiares en donde se produce un uso indiscriminado del móvil— tiene efectos indeseables, tanto desde el punto de vista del aprendizaje como físicos y emocionales.

Riesgos para la salud mental

Más allá de su polémico impacto en el rendimiento escolar o en la capacidad de comprensión y expresión, numerosos estudios nos advierten con machacona insistencia de los daños en la salud mental, la afectación al sueño, perjuicios en los estados de ánimo, aislamiento social, obesidad, deterioro ocular... Una panoplia de efectos que, llevados al extremo, pueden desembocar en la adicción a redes y videojuegos e incluso en autolesiones o conductas suicidas.

Sin embargo, como también hemos venido defendiendo, las pantallas proporcionan notables beneficios. No se trata de condenarlas sin más. El presente, ya no el futuro, pasa por ellas. Aunque no solo. Como toda herramienta mal utilizada, hay que calibrar su uso. El objetivo no es, pues, demonizar las pantallas en un intento inútil y nostálgico de volver al pasado. Porque la herramienta digital ofrece indudables ventajas pedagógicas. El propósito debe ser un empleo sensato, equilibrado, productivo, útil.

La Ley de Educación Digital impulsada por el Gobierno gallego trata de fijar unas reglas de juego, unos límites en los que actuar, marcando las líneas rojas. Puede resultar chocante que se haya tardado en percibir que el problema había adquirido una dimensión extraordinaria. Sin embargo, la verdad es que en la sociedad tampoco se habían escuchado voces de alarma con la intensidad que se percibe ahora. Es tan cierto que la Xunta, como el Gobierno central y el resto de comunidades autónomas, no ha sabido anticiparse al asunto, como que en la inmensa mayoría de las familias tampoco se percibía la cuestión como algo prioritario, urgente.

«El objetivo no es demonizar las pantallas; deber ser promover un empleo equilibrado, sensato, productivo, útil»

En todo caso, pensar que una ley va a resolver el problema es de una ingenuidad mayúscula. Porque el nudo gordiano no reside en las escuelas, sino en la sociedad que hemos creado o nos han creado otros (que sacan de ello pingües beneficios). Difícilmente se le puede pedir a un menor que rebaje el empleo del móvil (no olvidemos que el 75% de los alumnos de sexto de Primaria tiene un dispositivo, un porcentaje que se eleva al 91% en bachillerato) cuando sus padres no dejan de hacerlo. La imagen de familias navegando en redes o jugando con el teléfono mientras almuerzan o en el sofá de casa ha dejado de ser excepcional. Pedir, pues, a un gobierno que legisle comportamientos y actitudes individuales, personales, es, cuando menos, disparatado. Y creer que una ley va a arreglar el asunto, una completa insensatez.

Un problema complejo y compartido

El problema es demasiado complejo y poliédrico. Más aún desde la irrupción de la inteligencia artificial generativa. Y no existen soluciones milagrosas. Padres, madres, comunidad educativa y administraciones deben ir de la mano para ponerle freno en un diálogo sin prejuicios. Esto es algo que afecta a todos y exige el compromiso de todos. El adversario, en forma de omnipotentes plataformas que se valen de oscuros y cambiantes algoritmos, es demasiado poderoso para que una ley o un gobierno puedan vencerlo.

«La digitalización es una formidable palanca de crecimiento y de igualdad. De bienestar y progreso. Pero sabiendo sus límites y siendo conscientes de que el mundo, nuestro mundo, es mucho más de lo que podemos ver y encontrar en una pantalla. Y esto que cada día parece más difícil de entender es una lección que debe mamarse desde nuestras escuelas».

Este párrafo, publicado en FARO en marzo de 2023, hace más de tres años, tiene plena vigencia y debería servirnos de guía para seguir caminando en la dirección adecuada. Si acaso, a ese párrafo solo habría que añadirle una apostilla final: »...desde nuestras escuelas y fuera de ellas».

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