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Opinión | Viaje de placer

Cruceros de lujo

Los cruceros de lujo, sin quitar que puedan acabar bien, remiten a un mundo un poco grotesco, y a veces hasta patético. Cuando me pregunto quién se apunta a un engorroso viaje de placer en barco, aun rodeado de lujos, pienso siempre en una de mis escenas favoritas de Triángulo de la tristeza, maravillosa sátira del cineasta sueco Ruben Östlund sobre el culto disparatado al dinero. Dos de los protagonistas, Carl y Yaya, cenan una de las noches con el enigmático matrimonio que forman Clementine y Winston. Cuando le preguntan a Winston cómo se ganan la vida, explica que tiene un negocio familiar consistente en fabricar productos de ingeniería de precisión. «¿Qué productos?», quiere saber uno de los protagonistas. «Productos que se utilizan para preservar la democracia en todo el mundo», señala Winston, muy genéricamente. Pero su compañía esa noche insiste en saber más, y no tiene otra salida que aclarar que su producto estrella «es la granada de mano».

La lucidez de Östlund para urdir caricaturas casi se queda pequeña, sin embargo, al lado de la de David Foster Wallace, que en 1996 publicó en la revista Harper’s un reportaje a partir de su experiencia a bordo de la embarcación de lujo Zenith, que se acabó convirtiendo en un retrato mordaz de lo que algunas personas entienden por felicidad y lucimiento, y hasta qué punto puede causar horror una sociedad pensada para resultar idílica. Durante seis noches, de forma voluntaria y retribuida, Foster Wallace viajó a borde de un barco de 47.255 toneladas a través del Caribe. «La embarcación estaba tan limpia y blanca que parecía que la hubieran hervido. El color azul de las Antillas occidentales varía entre el azul de manta infantil y el azul fluorescente; lo mismo que el cielo. Las temperaturas eran uterinas. El sol parecía establecido de antemano para nuestra comodidad», escribió. Pero, como a menudo sucede, aquella perfección dejaba mucho que desear. De hecho, hablar sobre náuseas y vómitos, hablar de sufrimiento generalizado cuando se estaban comiendo platos elaboradísimos y dignos de todo un gourmet resultó de lo más habitual.

Pese a todo, el escritor no dejó lujo por probar, aun cuando su personalidad nunca incurriría en algo así: el baile, las bandejas de fruta, las excursiones guiadas, el tiro al plato, las piscinas, la biblioteca sin libros, el caviar… La oferta de placeres parecía infinita, y ahí Wallace incluyó «las buenas maneras de la tripulación, exasperantes y en el fondo un fraude». Todo ello lo empujó a concluir que ciertas variantes del lujo eran una pesadilla que invitaba a saltar por la borda y morir. «Me he sentido tan deprimido como no me sentía desde la pubertad y he llenado tres cuadernos Mead intentando averiguar si era por culpa de los Demás o Mía». Naturalmente, una mayoría de viajeros no compartiría esa pasión gustosa por suicidarse. Estaban demasiado ocupados para advertir la pesadilla del crucero de lujo. No en vano, como ya se vaticinaba en el folleto, el turista consigue hacer «algo que usted no había conseguido en mucho, mucho tiempo: absolutamente nada».

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