Opinión
Arroz con voces
Ayer me saltó una lista de reproducción en el coche que no escuchaba desde hace años y que me trasladó a otros lugares, a cuando viví de otra manera. Recuerdo a un amigo que estuvo un mes en Brasil y le cautivó la Bossa Nova. Se compró una recopilación en vinilo pero cuando llegó a Ourense la Bossa Nova sonaba distinta. Se vino con un vinilo y una chica preciosa del brazo, pero una vez aquí los dos dejaron de sonar igual. Me pregunto cuándo una persona deja de sonarte bien.
Tengo una especie de radar para las parejas que se quieren. Que se miran y les da la risa. Que se dejan hablar. Que se tienen en la cabeza durante el día y se duermen de frente por las noches. Que si los dos se quedasen sordomudos se entenderían genial por señas. Que rozan sus meñiques debajo de la mesa y se cambian las marchas del coche mientras el otro se enciende un pitillo. Que siempre se cuelgan bien el teléfono. Que se compran regalos pobres que son guiños de historias diminutas que sólo conocen los dos. Personas que podrían elegir otra cosa y en cambio se eligen. Que se dicen cuando están nerviosos: «Tú y yo solísimos. Tú y yo divirtiéndonos» (Rondallas, Daniel Sánchez Arévalo).
También tengo el radar para lo contrario. Uno que detecta a las parejas que se sientan en el mismo banco y ponen a los niños en el medio. Esas parejas que más que comprenderse se ponen de acuerdo. Que tienen la conversación justa para sobrellevar un día laborable, pero en agosto pasean la playa por turnos y se inventan recados y cenas con amigos para que todo lo que está roto sea menos evidente. Parejas a las que ya no les quedan sobremesas. Que arrastran demasiado lastre, que se olvidaron de dejar abierta una rendija por la que respirar. Que se quieren, claro, pero… no se quieren. Sienten ese cariño que el hábito ha instalado en sus cajas negras, pero es un cariño que no dice nada, que no manda ningún mensaje a sus cuerpos.
Hay un artista musical urbano, español, que para uno de mis hijos es algo así como su Michael Jackson particular. Gloosito es su nombre artístico. Hace poco ese cantante fue a hacer una entrevista a un canal de YouTube y antes de acomodarse comentó que tenía un mal día, que la noche anterior su novia estaba enfadada y que en consecuencia había cenado «arroz con voces». El ingenio inundó la red social con memes y comentarios del tipo: «Yo también cené patatas en silencio, morros con tomate, lenquejas con chorizo, malacara a la romana». Igual su novia se había pasado la cena explicándole cosas que para ella eran muy obvias y para él muy ajenas. O tal vez no. Al final, como decían los comentarios, todos hemos cenado alguna vez arroz con voces y es una faena bien grande, porque hubo un día que esas voces fueron palabras bonitas. Pero ya no.
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