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Virus
El director de FARO, Rogelio Garrido, analiza los temas claves de la actualidad de esta semana

El director de FARO, Rogelio Garrido, analiza los temas claves de la actualidad de esta semana / FDV
Pues ya estamos otra vez metidos en el lío. Nuestro léxico médico crece a golpe de sustos que, llevados a su extremo, pueden devenir en pandemias asesinas. Para el común de los mortales (nunca mejor dicho), el sida no existió hasta que fue demasiado tarde y sus estragos formidables (según la OMS, más de 44 millones de muertos desde 1980); el ébola, que podría sonarnos a canción del verano, mató a más de 15.000 personas en África en apenas dos años, a mediados de 2010; del coronavirus, qué queréis que os diga (casi 15 millones de víctimas mortales en un mundo paralizado). Por no hablar de la gripe aviar o la fiebre hemorrágica de Crimea… y ahora el hantavirus.
La historia del crucero de lujo reúne todos los ingredientes para el guion de una película hollywoodiense. Misterio, suspense, terror y muerte. Como no podría ser de otra forma, entre los viajeros hay un gallego (¿en dónde no lo hay?). Ricardo Hevia, ornitólogo de 50 años y natural de Cariño, viajaba con unos amigos. Su estado es «bueno, sin síntomas». Nuestra periodista Elena Ocampo habló con su hermana, que nos tranquilizó a todos. Pero es calma chicha. Porque el pánico, el primer pasajero que se sube a bordo en estos casos, se ha instalado en algunas autoridades políticas que, con acostumbrada desvergüenza, son capaces de proclamar a los cuatro vientos que se ayude a esta gente, ¡por dios!, para añadir un pero: «lejos de aquí». Estas reacciones histéricas son frecuentes. Propias de líderes que contribuyen al ruido, al caos, a propalar la especie del apestado (ya pasó con el sida o el covid)… Y es que no aprendemos. La experiencia nos ha enseñado que los virus se combaten desde la ciencia hasta que se ganan, pero todavía no se ha encontrado un remedio eficaz contra la estupidez y el egoísmo humanos. Mientras tanto, epidemiólogos, infectólogos y demás expertólogos han vuelto al prime time de nuestras vidas. A lanzar un mensaje de tranquilidad que mete miedo.
Como digo, no todos los virus se resuelven en los laboratorios, con pastillas o pinchazos. Hay otros que siguen igual de vivos, o más, que hace dos mil años. El más sonrojante es el de la corrupción política. Esta semana se ha bajado el telón del juicio de las mascarillas (unos cuantos jetas forrándose con el dolor y la ignorancia ajenas). Por el Supremo pasó una troupe –Ábalos, Koldo y Aldama– que madre mía. Las sesiones fueron un penoso revival de la España cañí, la del sainete, de pícaros y machirulos de pelo en el pecho, de aprovechados y lenguaraces, de jetas y cretinos, de celestinos y golfillos amamantados en la política… Paralelamente en la Audiencia Nacional se dirime el «caso Kitchen» (si el ministerio del Interior de Rajoy habría pagado a polis para que no se supiese la verdad sobre la financiación B, o sea en negro, del Partido Popular). Por allí también circuló una tropa esperpéntica. En apariencia más elegantes y fisnos… pero solo en apariencia, que los delitos se pueden cometer con mono y pasamontañas y también con traje y corbata.
¿Pero en qué manos estamos? No sé qué decidirán sus señorías en las dos causas, solo digo que si hubiese un detector de mentiras en el Supremo o en la Audiencia Nacional, si sonase una alarma cada vez que alguien soltaba una trola, si se encendiese una luz roja… el ruido sería ensordecedor y el destello cegador. Viendo a unos y a otros faltar a la verdad con tal desparpajo y campechanería, la tentación de esbozar una sonrisa se ve siempre derrotada por la náusea.
Quizá no enferma, pero la Universidad de Vigo se lo debería hacer ver. Que en una cita para elegir a su rector o rectora apenas participe el 20% del censo dice mucho de la apatía y la indiferencia de la llamada comunidad universitaria ante sus procesos electorales. Cuesta entender cómo profesores y alumnos y demás personal pasan olímpicamente a la hora de elegir al equipo que llevará las riendas de la institución. Y cuesta mucho más ver cómo luego esos mismos universitarios (estudiantes, pas e incluso docentes) participan en paros, manifestaciones y huelgas para exigir más medios y recursos. El virus de pasotismo se ha instalado en los tres campus. Tenemos una UVigo indiferente a la democracia interna (un desistimiento que quizá se haya trasladado ya a su responsabilidad ciudadana); una UVigo que no se moja, que no se compromete, que no vota... La primera convocatoria se ha resuelto sin un vencedor. Carmén García y Belén Rubio han pasado el corte para jugársela en la gran final. Los universitarios tendrán el próximo viernes una segunda oportunidad. ¿La volverán a desperdiciar?
Los Tucanes de Tijuana (ahora que anda Isabel Díaz Ayuso incendiando México, está claro que España se le queda chica) es una banda (pero no como la de las mascarillas) tan famosa en su país como Los Tigres del Norte. ¿Y?, se estarán preguntando. Pues que una de sus canciones míticas lleva por título El virus del amor. Y dice así:
«El día que te conocí
Me enamoré profundamente
Sentí algo dentro de mí
Que no se puede decir, pero se siente
Entraste a mi corazón sin
Peros ni precaución
Y por la puerta de frente
No pude decir que no
Todo de ti me gustó
Y desde entonces mi amor
Traigo este virus tan fuerte
Traigo el virus del amor
Necesito tu calor
Eres tú mi salvación
Ay, mi amor, cuánto te quiero…»
Sí, ya sé que este conjunto de ripios romanticones de los Tucanes nunca competirán con los del Nobel Bob Dylan, pero los recordé al leer el reportaje de Neli Pillado sobre la pareja centenaria de Nigrán, Paco y Carmen, que están a un paso de cumplir 80 años de matrimonio. Lo suyo merece más que un Nobel. Verlos dándose un piquito en la portada de FARO como si fuesen dos adolescentes le ablanda a uno el corazón. El virus de Paco y Carmen debería ser altamente contagioso.
¡Buen finde!
Email: director@farodevigo.es
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