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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

El amarre, que lo pague otro

El megayate «Valoria», propiedad de Amancio Ortega, fondeado en la ría de Aldán.

El megayate «Valoria», propiedad de Amancio Ortega, fondeado en la ría de Aldán. / Santos Álvarez

Suele decirse que tener un barco —de recreo, hablamos— te da dos grandes alegrías: cuando lo compras… y cuando lo vendes. Entre medias, lo disfrutas, si puedes y tienes tiempo. Yo lo hice durante unos años, y eso que el velero —nada ostentoso, no se vayan a pensar: un treintañero de seis metros de eslora, tan cascado como servidor o más— lo había comprado a medias con mi primo que, como no es periodista, lo gozó mucho más que yo. Me ilusionó cuando lo botamos al mar después de habernos pasado más de un mes lijando, barnizando, dándole la patente y equipándolo como si fuésemos a dar la vuelta al mundo, aunque lo cierto es que apenas llegó a las Estelas. Tampoco es que el motor diese para mucho más. Pero me alegré sobre todo cuando lo deshicimos de él.

Voy a centrarme en el entre medias, porque es mucho más divertido y me vale como excusa para comentar la información de mi compañera Elena Villanueva sobre el lleno absoluto de los puertos deportivos y marinas de la ría de Vigo para este verano. Para que luego algunos digan que no hay dinero y tal. En mi caso, al barco —Ferreiro I se llamaba, porque, cuando entró en nuestras vidas, no descartábamos que fuese el primero de una vasta flota— le di básicamente dos usos.

El primero, y ahí se ven los siglos de ADN mariñeiro que de vez en cuando brotan, fue como bote de pesca. Me encantaba pescar, aunque realmente, lo que se dice pescar, no pesqué demasiado. Unas rinchas, varias luras, algún pulpo, cero chocos —y no fue por intentarlo— y poco más. Pero me encantaba quedarme a la deriva, en el silencio y el vaivén de las olas, por mucho que hiciese el ridículo al llegar a puerto con el cubo vacío.

El segundo uso, que suele ser el más habitual por estos lares para los barcos de recreo, precisamente fue ese: recreo. Pasar el rato, con familia y amigos. Comer a bordo, tomarse unos refrigerios tranquilos en pleno mes de agosto, cuando en la playa no cabe un alfiler. En el fondo, hice lo mismo que Amancio Ortega con el Valoria en la ría de Aldán, aunque con muchos, muchísimos, infinitos millones de euros menos. Aunque, bueno, hubo menús a bordo del Ferreiro I que quería ver yo si tenían parangón en el Valoria, que pobres sí, pero de buen comer.

Ahora que rememoro todo esto no puedo evitar echarlo de menos; algún día me gustaría repetir la experiencia ya con los pequeños de la casa. Pero luego pienso en lo que cuesta mantenerlo, sobre todo en el tiempo que necesita un barco para estar decente y para que sea seguro navegar con él… y me echo atrás.

Al final va a tener razón Suso Portela, quien durante muchos años fue subdirector de esta casa y hasta llegó a dejarme sus apuntes y libros para sacarme el PER —el título de Patrón de Embarcaciones de Recreo—, cosa que nunca hice: que lo más inteligente, viviendo en las Rías Baixas, no es tener un barco, sino tener amigos que tengan barco. ¡Qué crack Suso, más razón que un santo!

Porque, bien pensado, el barco ideal es siempre el del otro: tú subes, das un paseo, te tomas algo, disfrutas de la puesta de sol, hasta echas unas liñas si se presta… y luego te bajas tan tranquilo, sin lijar, sin varar, sin patente y sin facturas. Navegar, sí; pagar el amarre, mejor que lo haga otro.

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