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Opinión

Estefanía Serrano Martínez-Brocal

Germán Serrano: un juez (y un padre) de bandera

El juez Germán Serrano.

El juez Germán Serrano. / Alba Villar

Nada más y nada menos que 23 años desde que comenzaste a escribir esta historia. Una de esas que empiezan con incertidumbre, pero que tú afrontaste con la serenidad de quien intuía lo que estaba por llegar. Dejando atrás tu tierra, tu familia y tus amigos, pero de la mano de mamá y sujetando ya la mía, dijiste que sí sin dudarlo. Un sí que no fue más que el cimiento de todo lo que, durante este tiempo, has construido.

Desde aquel piso en Vía Norte y con los nervios del principio, volcaste tu esfuerzo y dedicación cada día en esta ciudad de Vigo, de la que hoy ya te sientes un hijo más. Porque no es la toga la que hace al juez, sino el espíritu de servir a la justicia con pasión, honestidad y compromiso, tal y como tú has demostrado siempre. Me atrevo a decir que, si algo te define como juez (y como padre), no es solo tu rigor profesional, sino esa manera que tienes, casi contagiosa, de poner tu mirada en las personas. En cada una de ellas que se cruza contigo, a través de una entrega genuina y amable de la que debes sentirte muy orgulloso de habernos transmitido. Una mirada que no se ha endurecido con el paso de los años, demostrando que la vocación que te ha guiado está colmada de una generosidad que nunca has soltado.

En el desempeño de tu cargo de responsabilidad has sabido entender la justicia como escucha y no como distancia; como acercamiento y no como imposición. Al fin y al cabo, te desprendes ahora de este puesto, pero sin dejar atrás tu forma de ejercerlo, que seguirá dejando rastro desde otro despacho, aunque ya sin vistas a las Cíes.

Más allá de este legado que dejas como juez de bandera, nos has transmitido una lección todavía más esencial: poner por delante lo importante. Y nuestra familia siempre lo ha sido para ti. Echando raíces en esta ciudad que te ha dado tanto, llegaron, con el paso de los años, tus otros tres luceros, todos ellos ya gallegos (y celtistas). Quién te lo iba a decir. Con gran sacrificio y entre sentencias y juicios, has sabido estar en cada uno de nuestros pasos, logros y tropiezos. Nos has apoyado sin condiciones, enseñándonos que la fortaleza está en la cercanía, en la paciencia y en el cariño que se demuestra cada día, en lo cotidiano. Y, si hoy somos quienes somos, es en gran parte gracias a esa forma tuya de estar: firme, generosa y siempre, siempre, del lado de los tuyos.

«¿En el medio?» Kilómetros arriba y abajo. Grandes y pequeñas decisiones. Tus amigos, a los que tanto aprecias y el Pazo de Petán. Playa América, Panxón, Cangas y el descubrimiento de Galicia. Las visitas de los abuelos y de tus padres, que hoy especialmente te miran orgullosos desde el cielo. Los partidos del Celta, excursiones, el Entroido y la Reconquista. El Cristo de la Victoria y tu pregón, los nuevos juzgados y esa ilusión. Y mamá y nosotros, siempre en el centro. Y tú, nuestro faro. Porque aspiro a seguir tu estela de juez y padre de bandera.

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