Opinión | Al lío

Subdirector de Faro de Vigo
Benditos campamentos

Un campamento de verano en Vigo / Alba Villar
Hace unas semanas, charlando con el presi —así llamo al director— y con Irene Bascoy, ambos coincidían en cómo los hijos marcan el calendario y las preocupaciones de las familias, y en cómo estas van evolucionando a medida que crecen. En nuestro caso, por ejemplo, ahora estamos con los flecos de los campamentos de verano, que, todo hay que decirlo, son la única manera de conciliar desde que termina el curso escolar… o eso, o pedirle un milagro al santoral. Después vendrán la elección de instituto, la selectividad —que se lo digan a Irene—, la universidad o la FP… Está claro: «niños pequeños, problemas pequeños; niños grandes, problemas grandes». El refranero, una vez más, no falla… y mira que lleva años avisando.
Los campamentos y campus de verano son una bendición. Y también algo relativamente nuevo para mí, porque de niño nunca fui a ninguno. Siempre había gente mayor en casa y mucho que hacer en la huerta como para «perder el tiempo» con otros de tu edad, que bastante había ya con lo de casa. Tampoco existía la oferta que hay hoy en día, ni falta que hacía, o eso decían. Pero con la mayor, que este julio cumple siete años, me estrené en este mundo hace ya tres veranos, y la experiencia ha sido —hasta ahora— muy positiva, cosa que tampoco es tan habitual como para no destacarla. Tanto, que este año también irá el pequeño, que hasta ahora, por edad, siempre se había quedado con los abuelos, que para estas cosas siguen siendo el mejor plan… cuando se puede. Bueno, eso si conseguimos plaza, claro, que no es tan sencillo y aquí nadie regala nada.
DNI, tarjeta sanitaria, declaración de la renta, nómina, libro de familia… Anexo I, anexo II… y cualquier día el árbol genealógico, si hace falta. Cada año parece que exigen más documentación para tramitar la solicitud, como si uno estuviese pidiendo una hipoteca en vez de plaza en un campamento. Y luego toca esperar semanas para saber si estás dentro o si necesitas improvisar un plan B de urgencia, que siempre acaba siendo bastante peor que el A, como manda la tradición. Pero todo sea por una buena causa, porque lo es. Y mucho.
La experiencia ha sido excelente por partida doble: para los niños, que se divierten y conviven con otros de su edad, descubren cosas nuevas y, me atrevería a decir, maduran casi tanto como durante el curso escolar; y para los padres, porque constituye la base que hace posible la conciliación cuando ambos trabajan… o, al menos, lo intentan con dignidad.
Al final, ser padres es ir cubriendo anexos emocionales sin saber muy bien si has marcado la casilla correcta. Primero te angustia un campamento, luego un instituto, después una nota de corte. Y cuando quieres darte cuenta, llevas años haciendo malabares con horarios, miedos y decisiones mientras ellos, sin pedir permiso, siguen creciendo. Por eso, sí, benditos campamentos: por lo que resuelven, por lo que ayudan y porque, aunque sea durante unas horas, nos permiten respirar. Que ya vendrán después preocupaciones más serias. Y, como bien sabemos los que estamos en estas, todo llega antes de lo que uno querría.
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