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Opinión

Vivir, tal vez soñar

We are such stuff / as dreams are made on (Estamos hechos de la misma materia que los sueños). William Shakespeare

Cuando era estudiante, siguiendo la senda de la nivola unamuniana Niebla y su desventurado Augusto Pérez, me dio por pensar–fantasear, más bien- si podía ocurrir que los personajes de las novelas adquiriesen, por el solo hecho de ser pensados, ideados y escritos por su creador, alguna forma de existencia, no material ni visible para nosotros, claro, sino en otra dimensión, pero cierta al fin y al cabo, de manera que el acto creador lo fuese en el sentido real y pleno de la palabra, y a golpe de lectores, es decir, cada vez que tenía lugar la recreación mediante la lectura, se consolidaba aquella existencia, de ese modo revivida y reavivada. El personaje creado por el escritor pasaría a habitar y transitar por la mente de innumerables lectores, que irían tejiendo así un telar existencial autónomo, independiente de su creador.

¿Por qué no admitir diversas formas de existencia? ¿Desde cuándo la existencia precisa de corporeidad? ¿Acaso don Quijote, personaje universal que ha perdurado durante siglos y ha traspasado fronteras, no ha llegado a cobrar una existencia propia sustentada y recreada por millones de lectores? Y si algunos científicos especulan sobre la posibilidad de universos paralelos, lo que implicaría la existencia de un multiverso y, por ende, una simultaneidad de dimensiones ¿no estarán aquellos habitados también por los seres de ficción proyectados y creados por quienes habitamos este universo?

La consecuencia de tal elucubración estaba servida: quién sabe si yo mismo, mi entorno, mi vida, no soy sino creación de un fantaseador, un soñador que desde su mundo me ha imaginado, y aquí ando yo tan fresco, creyéndome a mí mismo, entero y verdadero, cuando pudiera suceder que no sea sino producto de una fantasía ajena, ente puramente imaginado, soñado por otro y desde otra existencia. Pero eso podía significar que quien me imaginaba era a su vez criatura de otro escritor o fantaseador desconocido, habitante en otra dimensión, y así sucesivamente, de modo que la existencia sería una cadena interminable de seres ideados por imaginadores que a su vez habrían sido concebidos por la invención de otros. En suma, toda una constelación de seres creados por otras mentes que soñando crean a la vez, dando lugar así a una suerte de descomunal, inmensa e infinita matrioska hecha de un encadenamiento interminable de existencias nacidas de imaginaciones precedentes, que tal vez nos llevan hasta un primer y gran Imaginador, punto de partida de una fantasía cósmica. Recordemos que algunos científicos aventuran la tesis de que el universo tiene conciencia, es experiencia consciente, y nosotros, un producto -sueño- de la mente de ese universo.

Quién sabe si la vida es sueño, y nosotros criaturas ensoñadas que del infinito venimos y al infinito vamos al despertar del sueño. Y si es así, ¿quién es el autor del guion de nuestras vidas? ¿Aquél que nos sueña? ¿Nosotros mismos? Tal vez estaba en el secreto Shakespeare cuando pensó que nosotros y los sueños salimos del mismo telar. Pero si estamos hechos de la misma estofa que los sueños, es que somos sueño y, por consiguiente, alguien nos sueña.

Nuestro Calderón de la Barca fue más rotundo cuando nos avisó de que «el vivir sólo es soñar; /y la experiencia me enseña, / que el hombre que vive, sueña/ lo que es, hasta despertar». Y llegado ese momento, al despertar del sueño-vida ¿sabremos en verdad lo que somos, lo que hemos sido?

Y si el lector, siempre afable, siempre paciente, llegado hasta esta línea, es vencido por el sueño a causa del tedio con que le abrumo, déjese llevar y sueñe usted también, que, al fin y al cabo, la vida es sueño y soñar es vivir, y también crear.

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