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Opinión | Crónicas galantes

Gais, gallegos y otros sospechosos

Con un par de decenios de retraso, el Estado ha decidido compensar por fin a Dolores Vázquez, condenada por un asesinato que no había cometido. Le han dado una medalla, que algo es; aunque sigan racaneándole la pertinente reparación económica.

A Vázquez la acusaron los medios, la justicia y el público en general de asesinar a Rocío Wanninkhof, hija de la que había sido su pareja. No hubo motivación en la condena, luego revocada; pero a quién le importa eso.

La verdadera pena de la condenada fue su condición de gay, usada reiteradamente en el juicio como si se tratase de un indicio o quizá de una circunstancia agravante. A eso habría que añadir, en apariencia, el origen de Vázquez, a la que el fiscal del caso definió como «muy gallega». Cualquier cosa que eso signifique.

Lesbiana y además gallega, la segunda víctima de este caso tenía todos los números del sorteo para que un jurado popular la condenase a una importante pena de prisión. Parafraseando a Clemenceau, podría decirse que la justicia popular es a la justicia lo que la música popular a la música. Mayormente cuando el ruido de las teles y los papeles perturba el sosiego necesario en la sala y condiciona el ánimo del jurado.

No solo influyeron los medios, claro está. Una psicóloga llegó a elaborar un informe sobre la acusada en el que sostenía que los homosexuales, sobre todo los reprimidos, «manifiestan conductas de violencia desmedidas». Hoy diríamos que eso es más bien un prejuicio que un perfil; pero se conoce que entonces eran otros tiempos, aunque solo hayan pasado veinticinco años.

Más difícil resulta ya averiguar la razón por la que el hecho de nacer en Galicia sea motivo de sospecha. En realidad, los gallegos son, junto a asturianos y vascos, los que mayores simpatías suscitan entre los demás habitantes de España, si hemos de creer a las encuestas. Eso no quita que el estereotipo habitual siga pintando a los galaicos como gente poco sociable, ambigua y pusilánime. Quizá fuesen estos supuestos rasgos los que llevaron al fiscal a calificar de «muy gallega» a Vázquez.

Nadie reputó de «muy británico» a Tony King, el finalmente condenado por el asesinato de Wanninkhof y de otra joven que tuvo la desgracia de toparse con él. Se conoce que en su juicio se aportaron pruebas en lugar de prejuicios, lo que hacía del todo innecesaria esa referencia.

Veintitantos años después, a Dolores Vázquez se le ha ofrecido una primera disculpa, válida también para las lesbianas sobre las que todavía gravita el peso de los convencionalismos. Lo de los gallegos no pasa de una mera anécdota, aunque a saber lo que pasaría si en lugar de «muy gallega», la hubiesen tildado en el juicio de tener la actitud típica de una negra o una árabe. Pasa el tiempo y lo único que cambia son las víctimas de los prejuicios.

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