Opinión
El tren, modernidad entre andamios
En la estación de Chamartín suenan todas las alarmas con un estrépito que desgarra la mañana, justo cuando el reloj marca las 09.45. Es un ruido seco, persistente, una advertencia que, paradójicamente, no moviliza a nadie. Nadie se inquieta. Los viajeros transitan con esa inercia del que ya se ha acostumbrado al desconcierto. La megafonía, ese oráculo habitualmente omnisciente, guarda un silencio cómplice, sin advertir de peligro alguno ni de lo contrario. Es la banda sonora de una cotidianeidad interrumpida por la provisionalidad de unas obras que parecen eternas en un núcleo ferroviario fundamental.
En esta primavera inequívoca, hoy ha sido, de nuevo, una odisea encontrar un taxi. Desde la Gran Vía madrileña, el espectáculo es de una parsimonia tensa: decenas de pasajeros, muchos de ellos extranjeros con el asombro pintado en el rostro, aguardan con otros ciudadanos un transporte que no llega para trasladarse al aeropuerto, a la estación, a un museo o a un negocio, incluso a un hospital. La escena me permite observar cómo la capital, en su ambición cosmopolita, tropieza a veces en los peldaños más básicos de la logística urbana. En mi caso, una afortunada gestión telefónica del botones —término que conserva un eco de hotel de preguerra— me rescata del asfalto, eso me salva de compartir taxi con tres australianas que parecen transportar el mundo en sus maletas -no caben en el vehículo que les asignan, necesitan uno adicional que no existe-.
Ya en mi transporte, el diálogo con el taxista deriva inevitablemente hacia la insuficiencia del servicio para una ciudad turística. Hace cuarenta años yo ya informaba sobre estas mismas carencias, y el diagnóstico parece no haber mutado; solo se ha revestido de nuevos culpables. Mi interlocutor señala a las VTC como origen del caos. Sin ánimo de polémica, le sugiero que ese es un argumento falaz; las estructuras de transporte deben estar por encima de las cuotas de mercado cuando lo que está en juego es la imagen de un país. Los turistas, con sus divisas y sus expectativas, merecen llevarse en la retina la mejor imagen de España. En tanto conversamos, la radio desgrana las noticias sobre el colapso en Atocha y las cercanías, alimentando el pesimismo de un conductor que se queja de la falta de organización en las bolsas de taxi y que acaba por dejarme en la trinchera que delimita andamios, calle y acera ocupada por obreros de pasmosas lentitudes. Esta vez no hay charcos, soy afortunado.
En la estación, la realidad no mejora. La megafonía funciona a medias, como un susurro entrecortado, peor que la voz reconocible del lotero habitual. Los baños permanecen cerrados por decisión unilateral de la señora de la limpieza, cuyos golpes de fregona resuenan con un estruendo que, a diferencia de los avisos oficiales, sí se entiende perfectamente. Asientos hay pocos, insuficientes para respaldar los retrasos de cientos de viajeros. Por si fuera poco, mi billete es rechazado por el escáner de acceso, obligándome a una segunda revisión manual que esta vez sí me permite alcanzar el convoy tras recorrer arrastrando la maleta casi un kilómetro de andén.
Por fin, viajo en un excelente tren, a trescientos kilómetros por hora, sintiendo el deslizamiento suave de una máquina que es orgullo de nuestra ingeniería. España es hoy un país de vanguardia, capaz de desplegar infraestructuras millonarias, pero en el que lo fácil no lo acometemos por descuido, dejadez o una abulia organizativa difícil de comprender. En el ferrocarril apenas funciona en algunos tramos el teléfono o el wifi. Unos confundidos peregrinos que se dirigen al Camino portugués se ven obligados por indicaciones de su billete a dejar el convoy en Zamora para enlazar con otro hacia Vigo. Nadie lo entiende. Al llegar a Ourense, la desidia se confirma: el enlace entre el AVE y el regional para Coruña se retrasa media hora. Nadie informa, nadie pide disculpas, ante unas vías vacías el cartel luminoso anuncia la salida inminente de un tren que no existe, mientras la locución advierte del «tren por carretera» que trasladará en autobús a los viajeros con destino Lugo. El viajero a A Coruña o Compostela queda huérfano de explicaciones en un andén-sala de espera que ignora su tiempo.
Pienso en que la cortesía es el honor de la libertad, como bien señaló el ensayista y filósofo José Ortega y Gasset. Una máxima que parece olvidada en los protocolos de atención al cliente de nuestras operadoras. Reflexiono sobre esos extranjeros que, tras el calvario del taxi, la estación en obras y el silencio administrativo ante los retrasos, ahora contemplan con luz primaveral una estación también en obras, la de la capital de las Burgas. Seguramente, entre la admiración por la velocidad tecnológica y el desconcierto por la desorganización humana, los bárbaros modernos terminarán por envidiar cuanto de bueno gozamos, incluido nuestro carácter, ese estoicismo tan latino que nos permite convivir con el caos sin perder la compostura.
Suscríbete para seguir leyendo
- La Comisión Europea plantea que los aeropuertos de Oporto y Santiago no puedan ofrecer ayudas a las aerolíneas
- Buscan a una mujer de 53 años desaparecida este pasado martes en Vigo
- Cómo construir un nido artificial para aves urbanas: la recomendación de la la Sociedad Española de Ornitología para convivir con los pájaros
- Tercera jornada de huelga del metal: los trabajadores mantienen su calendario de protestas mientras la patronal busca evitar el colapso de Navalia
- El parque infantil «más grande» de Vigo ya tiene fecha de construcción: las obras durarán ocho meses
- Más de cuatro mil usuarios de Povisa tramitan el cambio al Chuvi
- El ADN incrimina al presunto agresor sexual de un adolescente en los baños de Vialia
- La Xunta concederá 690 ayudas para mejorar fachadas, cubiertas y muros de viviendas particulares
