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Opinión | El trasluz

Recuperar la lengua

Un hombre lee el periódico en compañía de un niño.

Un hombre lee el periódico en compañía de un niño. / Shutterstock

Hay un parásito real, documentado, con nombre propio (cymothoa exigua), que devora la lengua de un pez y ocupa su lugar. Entra en él por las branquias, como quien se cuela por la puerta de servicio, se fija a la lengua y empieza a alimentarse de su sangre hasta que se atrofia y desaparece. Entonces ocurre lo perturbador: el parásito ocupa el lugar de lo destruido y desde ahí permite al animal seguir comiendo, seguir viviendo, seguir siendo, en apariencia, el mismo. Pero ya no lo es del todo.

Desde que supe de su existencia, no he podido dejar de pensar en la cantidad de gente que habla (o hablamos) por boca de otro sin saberlo. Hay frases que no son nuestras, pero las pronunciamos con una convicción admirable. Opiniones que nos habitan como si las hubiéramos criado nosotros, cuando en realidad nos fueron inoculadas por un informativo, por una red social, por un jefe, por un miedo. Uno cree que la lengua es el instrumento más íntimo del pensamiento, pero tal vez sea al revés: quizá el pensamiento no sea más que un eco de lenguas ajenas que han ido ocupando nuestro interior con la paciencia de ese crustáceo. Primero se adhieren, luego se alimentan, finalmente sustituyen. Y nosotros seguimos hablando.

Lo inquietante, pues, no es que exista ese parásito en el mundo marino. Lo inquietante es que su lógica sea perfectamente trasladable al ámbito de los seres humanos. Hay quien repite eslóganes políticos como si fueran ocurrencias propias, quien reproduce prejuicios heredados con la naturalidad de un reflejo, quien articula deseos que en realidad no le pertenecen. Abren la boca, o abrimos la boca, y escupimos una idea manoseada. A veces me pregunto en qué momento nos dejamos ocupar. Si fue un proceso lento, casi imperceptible, o si hubo un instante preciso en el que algo se nos metió dentro y decidió hablar por nosotros. Quizá la infancia sea ese instante en el que las primeras voces se instalan. Quizá la vejez consista en intentar desalojarlas. Pero resulta difícil, porque el parásito no siempre perjudica de forma evidente. Al contrario: permite seguir funcionando y entonces, con un poco de suerte, permite decir de vez en cuando algo que no hayamos escuchado antes. Como si, por unos segundos, recuperáramos la lengua.

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