Opinión | La Platea

Redactor de Deportes en la delegación de Pontevedra
La luz del deporte callejero entre el apagón total
Las pachangas volvieron a monopolizar las plazas de las ciudades en un día sin alumbrado y con luz propia

Las calles de Santiago el 28 de abril de 2025, día del apagón. / Arturo Reboyras
Hoy, 28 de abril, hace un año que la luz, la electricidad y las telecomunicaciones se apagaron en todo el país y las plazas y pistas callejeras brillaron con la potencia de una estrella; fugaz, eso sí.
El deporte, cohibido y malinterpretado a través de los videojuegos, volvió a su esencia más pura, la calle, y cientos de jóvenes volvieron a sacar del cajón su pelota para ir a las canchas de su barrio.
El apagón me cogió en Santiago, junto a mis dos compañeros de piso y varios amigos de nuestra misma promoción de Periodismo. Esa tarde, después de compartir cervezas calientes bajo el sol compostelano, unos jóvenes que actualmente están repartidos entre los estudios de postgrado y las diferentes cabeceras de prensa, decidimos bajar a los jardines del Campus Sur a jugar al fútbol.
No era raro que, a nosotros, enfermos deportivos sin cura posible, nos diese por ello. De hecho, todos ellos disfrutamos las tardes del curso en la última categoría de la liga universitaria con más voluntad que acierto. La diferencia estaba en la autenticidad del plan y el viaje a un pasado en que las semanas estaban marcadas por el partido de antes de entrar a clase, el del recreo y el de la tarde en la plaza del barrio. No existía nada más. Ni academias en que te enseñasen un fútbol ortodoxo, ni estímulos paralelos en que perder el tiempo.
Nos pusimos los tenis, nos enfundamos camisetas de diversos equipos y fuimos dando botes con la pelota por los caminos que llevaban al parque contiguo al San Clemente, Fonseca y Rodríguez Cadarso. En ese paseo, pensé que no seríamos tantos los veinteañeros que nos encontraríamos allí, pero cuando llegué, con una emoción contenida, me di cuenta de que estaba equivocado.
Un prado de gran extensión con varios partidos simultáneos entre niños imberbes que salieron del colegio boyantes por el excepcional día de clase y universitarios robustos que, tras ir o no a las clases teóricas, tenían ganas de restituir al balón como un entretenimiento en primera persona. Nosotros no llegamos a echar un partido, innumerables rondas de ‘que no caiga’ y diversos partidos de ‘tenis-pie’ fueron las que ocuparon una tarde magnífica con el juego como epicentro de todo.
Exhausto y con las piernas destrozadas volví al piso. Bebí agua, templada por motivos evidentes, como si llevara días en situación de deshidratación severa. Escuchaba la voz de mi madre, también gracias a esa nube de nostalgia, alertando por «no encharcarme la barriga».
Estaba cansado, dolorido, en vías de calmar la sed, y, sobre todo ello, feliz como un crío. El deporte había vuelto a las calles, su cuna, y había arrojado luz entre la penumbra. A la mañana siguiente, volvió todo a su absurda normalidad: el balón a la pantalla y la pelota, todavía caliente, al cajón.
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