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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

Ecodesbrozadoras

Las «ecodesbrozadoras» del Cunqueiro.

Las «ecodesbrozadoras» del Cunqueiro. / ALBA VILLAR

No soy muy fan de los eufemismos —me gusta llamar a las cosas por su nombre—, pero Ana Blasco me contó hace unos días el que usa el Sergas para referirse a las cabras y no puedo hacer otra cosa que quitarme el sombrero: «ecodesbrozadoras». No sé quién se lo inventó, pero ya están tardando los colegas de la Facultade de Comunicación de la UVigo, en Pontevedra, en localizarlo para que imparta una masterclass.

«Ecodesbrozadoras». Sencillamente, genial.

El tema salió porque da gusto pasar ahora por el Cunqueiro y ver el rebaño de ecodesbrozadoras en plena faena, con los cabritos —perdón, las miniecodesbrozadoras— correteando y dando brincos por la zona verde que rodea al hospital. Seguro que las han visto. Es como recuperar esa postal de aldea tan nuestra y tan necesaria, con las ecodesbrozadoras manteniendo la maleza a raya en el monte. Estoy convencido de que, si hubiese más pastando por el rural, habría muchísimos menos incendios.

Cuando era un crío, antes de que Baiona sucumbiese al turismo y a los chalés, unos cuantos seguían llevando las cabras —aquí me ahorro lo de ecodesbrozadoras, porque las desbrozadoras de entonces eran la guadaña y el fouciño— y las ovejas a pastar al monte (y el Cabeco, las vacas al Aral y a las faldas de Monteboi, como bien ha relatado Fran Alonso en su última novela, «Cáncara»). Entre ellos, mi abuelo Ricardo y el de Rafita Durán. Mi padre siguió la tradición unos años, hasta que la edad le dijo basta —aunque ahora amenaza con recuperar su vocación ganadera—, y ahora apenas se ven ecodesbrozadoras, aunque habelas, hainas. Por suerte, en las parroquias menos urbanas todavía impera el sentido común. Y que siga así por muchos años.

Mientras escribo esto no puedo evitar pensar si con la IA nos pasará igual que a las cabras con las desbrozadoras: que nos acabe sustituyendo por pura vagancia y arrogancia, cuando sabemos que contamina —y mucho—, nos vuelve más idiotas —y más dependientes— y ya se está cobrando decenas de miles de puestos de trabajo, en EE UU sobre todo, pero también aquí, como bien contó Julio Pérez este lunes. Las vacantes de empleos STEM han caído en picado. ¿Por qué será?

Quizá el problema no sea la herramienta, sino nuestra querencia a dejar de usar las manos y la cabeza. Las cabras, al menos, nunca olvidaron para qué sirven.

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