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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

¿Mano de obra barata? No, profesionales en formación

Alumnos de hostelería.

Alumnos de hostelería. / RAFA VAZQUEZ

De vez en cuando me topo con alguien que ha hecho prácticas aquí, en el decano —es lo que tiene llevar más de veinte veranos de rodaje—. Y da igual el tiempo que haya pasado: a los cinco segundos de entablar conversación es como si volviéramos a su época. La confianza, las bromas, el «¿te acuerdas?»... Hace unos días, por ejemplo, me llamó Ana Lemos, una genial periodista de Vigo que ahora pelea en Madrid como ejecutiva de cuentas sénior en una agencia de comunicación especializada en sanidad, Cícero. Tengo su número grabado en el móvil, pero estoy convencido de que, si no lo tuviese, la reconocería por la voz.

Hablo de Ana, pero podría decir lo mismo de Carmen, Alexia, Uxía, Pedro, Mario, Amara, Miguel, Malena, David, Marta... Incluso recuerdo a la hoy flamante corresponsal de TVE en Washington, Cristina Olea, correteando por la redacción mientras hacía sus primeras crónicas. Algunos han seguido con nosotros —como Alján, que lo está dando todo en Ourense—; otros se han pasado a la competencia —os sigo, ¿eh?—; y de la gran mayoría —al menos de quienes han tratado directamente conmigo, de tú a tú o como responsable— guardo un buen recuerdo. Confío en que ellos también.

Este verano llegará una nueva remesa —Lucas, Carolina, Jon...— y todo volverá a empezar. Aprenderán mucho —eso espero— de nosotros, pero nosotros, seguramente, aprenderemos más de ellos. Y desde el minuto uno serán compañeros: ni «manzanillos» ni, mucho menos, mano de obra barata.

Por eso, al leer las quejas de algunos estudiantes y docentes del ciclo de hostelería de FP Dual —que, en teoría, es el futuro por su rápida inserción laboral— en la información que publicó ayer Elena Villanueva, otra exalumna de prácticas de esta casa, como un servidor, cuesta no indignarse. Que haya empresarios que sigan confundiendo un proceso formativo con una ETT encubierta no tiene justificación. No solo es injusto: es miope. Porque lo único que consigue es generar profesionales frustrados desde el minuto uno. Y eso es dinamitar el futuro de sectores que, precisamente, necesitan gente cualificada y motivada.

Que nadie se equivoque: en prácticas se trabaja. Me quedó claro el primer día que pisé la redacción. Es la única forma real de aprender un oficio. Pero una cosa es trabajar y otra muy distinta es abusar. No hay que confundir el tocino con la velocidad. Excesos de horario, tareas repetitivas sin valor formativo, malos modos... son denuncias que no deberían tener cabida en ningún entorno profesional digno de ese nombre. Cuando un estudiante dice «nos tratan como mano de obra barata», algo se ha hecho muy mal.

Quizá muchos de esos empresarios pasaron por lo mismo cuando empezaban. Es posible. Pero precisamente por eso deberían saber que ese no es el camino. Repetir el abuso no lo legitima: lo perpetúa. Y los círculos viciosos, si no se rompen, acaban pasando factura.

Porque el problema no es solo ético, que ya sería suficiente. Es también práctico. Si convertimos la puerta de entrada al mercado laboral en una experiencia amarga, acabaremos cerrándola desde dentro. Y entonces sí: llegará un día en el que nadie quiera dedicarse a esto. Y no, por mucho que avance la tecnología, no veo a una inteligencia artificial sustituyendo el trato humano, la intuición, el oficio bien aprendido.

O quizá no se trate de lo que la IA pueda o no pueda hacer, sino de algo mucho más simple: de si queremos forjar profesionales... o espantarlos antes siquiera de que empiecen.

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