Opinión
El dedo en la llaga
«¿Qué puedo decirle? No lo entendería» (Tolstói, La muerte de Iván Ilich)
Como una erupción de su mundo virginal y párvulo, del que todo lo quieren saber, las preguntas de los niños brotan espontáneas, chocantes, honestas, directas, sin filtro ni pudor. Algunas nos hacen reír; otras nos descubren un pequeño filósofo (¿cómo nace Dios?, me pregunta un nieto varón de ocho años). Y nosotros no podemos defraudarles, debemos entrar al trapo y saciar su curiosidad. Tenemos que responder.
Hace unos años, mi nieta mayor – tendría entonces entre cinco y seis años- desde la inocencia celeste de sus ojos azules, mientras caminábamos cogidos de la mano, me interrogó sobre mi muerte futura. Me preguntó si faltaba mucho para que me muriese. Sí, aún queda mucho, le digo, con la sensación de estar mintiendo, pese a que simplemente expresaba un deseo. Había metido el dedo en la llaga. Porque ella no sabe que uno de mis mayores anhelos -acaso el único y más importante- es gozar de una vida larga para vivirla con ellos, mis nietos, y ver en qué dan, al cabo de los años, esos niños tiernos y divertidos que ahora son. Ese postre dulce de la vida que son los nietos, según los definía un amigo, es regalo que reconforta nuestro ocaso. Me gustaría llegar a verlos con sus veinte años; contemplar sus rostros ya hechos, conversar con ellos, conocer su personalidad, sus inquietudes. Pero cuanto menor es el nieto más lejos, y hasta imposible, veo esa oportunidad, y tal idea, francamente, me resulta lacerante, me hiere hasta lo más hondo del corazón. La irremediable muerte, que tanto y tantas cosas nos arrebata, es una irreparable injusticia.
A saber cómo un niño de cinco años concibe o se imagina la muerte para que a él aflore esa pregunta tan directa y descarnada, hecha con el mayor candor. Tal vez la imaginan como un viaje sideral, como una suerte de mutación existencial, o el paso a una residencia celestial donde los abuelos se convierten en recuerdo. Probablemente, una criatura de tal edad barrunte, a su manera, la idea de que la energía no muere, no desaparece, sino que simplemente se transforma, y por eso cree que los abuelos perduran en alguna parte, difuminados en memoria etérea.
Nuestros relojes de arena son dramáticamente, desconsoladamente asimétricos; el de mis nietos tiene la copa superior pletórica de arena; la mía, ya en el último trecho, se desangra, languidece, se pierde por el sumidero del tiempo, próxima a vaciarse; nada puede contener la caída de la arena que en delgado y sutil filamento se desgrana. Nuestros caminos se cruzan en trayectorias opuestas; ellos vienen, acaban de llegar, inician su andadura; nosotros nos estamos yendo; y no podemos demorar, dilatar a voluntad nuestro encuentro, la confluencia de nuestras rutas. Es el maldito río del tiempo, implacable e imparable aluvión que nos arrastra como hojarasca impotente.
Miro a los ojos de mi nieta mientras caminamos cogidos de la mano y ella sonríe. Seguro que a los diez segundos de haber hecho su pregunta y oído mi respuesta, ajena a la turbación que sus palabras me producen, su atención prendió ya en otro asunto, un escaparate, la bicicleta de un niño, una gaviota. Pero el eco de su voz sedosa y menuda perduró en mí, enredado entre los frunces de la memoria, como unos puntos suspensivos interminables y silenciosos, puntos suspensivos que son signos de interrogación. Por eso ya no solté su mano mientras paseábamos juntos, sumidos en una atmósfera crepuscular, de espaldas al tiempo, y yo entregado al ensueño de hacer eterno ese momento.
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