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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

Marineros atrapados en Ormuz: la historia se repite

Un buque de guerra patrulla por el estrecho de Ormuz. Al fondo, un petrolero fondeado.

Un buque de guerra patrulla por el estrecho de Ormuz. Al fondo, un petrolero fondeado. / E. P.

Lo que está ocurriendo con el estrecho de Ormuz, donde se calcula que hay más de 20.000 marineros varados por el bloqueo, víctimas del fuego cruzado entre Irán, Israel y Estados Unidos, me recuerda muchísimo a lo que tuvo que sufrir mi padre en la llamada Guerra de los Seis Días, en 1967. Como diría el inigualable Fernando Franco —¡cuánto te echamos de menos, maestro!—, que me aspen si ambos episodios no guardan una similitud tal que hace bueno —mejor dicho, malo— eso de que la historia está condenada a repetirse.

Por aquel entonces, Carneiro sénior, como tantos otros gallegos, trabajaba como mecánico en la sala de máquinas de un petrolero de la compañía holandesa Shell. Era una época convulsa en lo geopolítico, especialmente, como ahora, en Oriente Medio. Tampoco pretendo dar aquí una clase de Historia, pero, resumiendo mucho, la Guerra de los Seis Días fue un conflicto que duró, pues eso, seis días, en el que Israel derrotó a Egipto, Jordania y Siria, ocupando la península del Sinaí hasta el Canal de Suez, la Franja de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este y los Altos del Golán.

Si Ormuz es hoy clave a nivel mundial por la cantidad de petroleros que lo cruzan cada año, conviene recordar que por Suez pasa en torno al 12% del comercio marítimo, el 30% del tráfico de contenedores y también un 10% del crudo transportado por mar. ¿Y dónde estaba mi páter cuando estalló la guerra? Pues sí, en medio del canal. Le tocó la lotería. Y casi no la cuenta.

«Os holandeses evacuaron o barco pero deixáronnos aos galegos a bordo», me recordó aún hace unos días.

Rememora, todavía con cara de asombro, el miedo que pasó durante aquellos fatídicos seis días —prácticamente incomunicados (no había móviles ni comunicación por satélite, como ahora), sin saber cómo evolucionaba la contienda, temiendo que el petrolero volara por los aires en cualquier momento—, un miedo solo comparable al de una tempestad en el cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica, que a punto estuvo de partirles el buque por la mitad, o al de otra batalla, esta vez en el golfo de Tonkín, cuando de nuevo se quedaron en medio del fuego cruzado entre estadounidenses y vietnamitas, en plena descarga de combustible para las tropas de EE UU.

Vamos, que está vivo de milagro. No me extraña que poco después decidiese cambiar el barco por la factoría de Citroën.

Pero a lo que iba: al leer que hay unos 20.000 tripulantes de más de dos mil petroleros y gaseros atrapados en Ormuz, sintiendo lo mismo que sintió mi padre hace casi sesenta años, uno no puede dejar de preguntarse si el ser humano es realmente incapaz de aprender de su propia historia. Al menos, en el caso de mi padre, la pesadilla duró eso, seis días. Pero en Ormuz no se atisba la luz al final del túnel.

Y eso es lo que más rabia da. Porque esos marineros de ahora, como mi padre entonces, no son soldados, ni políticos, ni ideólogos. Son gente normal que solo quiere hacer su trabajo, cobrar su sueldo y volver a casa con su familia. Gente que, como decía el viejo Carneiro, «solo pedía que o barco non voase polos aires cunha mina ou un mísil».

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