Opinión
Malditas manzanas
(A veces, el bus te da para escribir un was. Este lo envié ayer)
De chaval, cuando se apagaba agosto, tocaba recoger manzanas. Cada otoño lo mismo, y fueron muchos. Los findes tocaba aldea y maciñeiras. Era un tedioso trabajo infantil que detestaba. No era coser balones -lo reconozco-, ni tampoco diariamente, ni durante doce horas, pero carecía de cualquier atractivo agacharse una y otra vez para ir llenando cestos, y luego cajas, y después sacos. Al menos acabé conociendo unas cuantas variedades, todas con su nombre, color, forma, textura, acidez... y su aroma. Su arrecendo inconfundible. Con todos aquellos kilos (toneladas en mi percepción) se preparaban, a lo largo de los meses fríos, mermeladas, membrillo, tartas, empanadas, compotas, manzanas asadas y, al mediodía, brillantes y jugosas, se servían como postre en presente continuo. Siempre las había, por eso las odiaba. Podía faltar el pan, jamás las manzanas.
En Viveiro, vivía en uno de esos predios estrechos, como encajonados a presión unos con otros, con su faiado achicado y el tejado a dos aguas. A una habitación con el techo bajo, para allí se iban ellas, una suerte de nevera sostenible. Humedad y temperatura constante. Por algún extraño milagro de la naturaleza (y la arquitectura), aquel venteado y oscuro cuartucho impedía la podredumbre masiva de tabardillas, coruñesas, as de plato, verdeás, perazas… y mientras unas se consumían otras irían llegando.
Como Sísifo, subía cajas al desván, vaciándolas en unas baldas enormes, y vuelta a empezar. Lo hacía sin ton ni son, para acabar pronto. Ordenar aquel embrollo exigía conocimiento y pericia, pero no iba conmigo. Sólo el abuelo Xuxo trataba de ello. Yo seguía estrellando desorden hasta que aparecía él, serio como Clint Eastwood, y disparaba un «X’o fago eu». Las separaba por familia, por tamaño, incluso por fecha de consumo. Por ejemplo, as de pedra, que aguantaban casi el año, esperaban su turno al fondo. Al día siguiente, contemplar el resultado, era como regresar a los campos de manzanos. Un pantone de frutales. Aquel coro variopinto de escallos, belardas, repinaldos y minganas, perfumaba toda la estancia. Los primeros días ventosos de octubre, al entrar en casa, se adivinaban desde el portal.
Hoy en la frutería me hice con un par de kilos. Sí, ya…, malditas manzanas. Su rabo era gordo. Su piel rojiza y estriada, tenía un aquel de familiar. Esto lo pienso ahora. En el momento parecían del montón. A eso de las doce, en el curro, lavé una. Al morderla, justo al empezar a masticar, sentí un escalofrío. Percibí un sabor infantil que me trasladaba al otoño, a los cestos, al arrecendo del faiado y a mi abuelo.
¡Ah!, que también quería decirte, ya cogí las manzanas, porfa, trae tú el pan.
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