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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

Mis dos novelas en un cajón

Granito en el muelle Transversal del Puerto de Vigo.

Granito en el muelle Transversal del Puerto de Vigo. / MARTA G. BREA

Hoy, que es el «Día del Libro», voy a confesar que, en la ingenuidad y la osadía de la juventud —de la que ya casi ni me acuerdo—, llegué a escribir no una, sino dos novelas de un género que cabalga entre lo policial, la investigación periodística y ese costumbrismo del siglo XXI al que tengo cierta tendencia. Osé escribirlas, pero no publicarlas. De hecho, por aquel entonces solo me interesaba una lectora: la que hoy es mi mujer. Ella.

La primera se titulaba «41 bloques» e iba del secuestro de una directiva del sector del granito —Claudia— porque solo ella sabía la localización exacta de un bloque de piedra importado de Sudamérica que, como podrán imaginar, venía relleno como un huevo Kinder. Aunque no precisamente de juguetes. La escribí a partir de un suceso publicado en este mismo diario y, sí, en la trama aparecía un apuesto periodista llamado Jacobo. A ver, al final uno siempre acaba barriendo para casa, ¿no?

El texto arrancaba así —ojo, que tiene copyright—:

«Claudia no podía saberlo, pero aquella mañana cambiaría su vida para siempre. El despertador sonó en la habitación a las 07.00 horas del 25 de diciembre de 2007, sin dar tregua, ajeno a la festividad, al árbol de plástico, a las luces de colores y a la humillante resaca de una Nochebuena desarraigada, poco tradicional, alocada, sedienta del calor del verano…»

Ni tan mal, ¿eh?

La segunda novela, «A la deriva», retomaba el tema central del narcotráfico en esta tierra nuestra, con casi los mismos personajes, ya emparejados, aunque no les iba precisamente bien. La acción comenzaba con una descarga en la zona de cabo Silleiro que, por lo que sea —tan poco voy a desvelar todo el argumento por si algún día me apetece hacerle la competencia a Pedro Feijoo y compañía—, sale mal. También en esta ocasión, aquella descarga fallida la saqué de un alijo de hachís incautado cerca de Mougás cuando yo no era más que un polluelo y en el que estuvo implicado —del lado de los buenos, obvio— alguien que ya no está, a quien quise mucho y cuya vida sí que fue toda una novela.

El primer párrafo era este:

«Habían pasado más de tres horas, pero los peces seguían sin picar. Lucía un sol tímido y hacía frío, como correspondía al mes de noviembre. La tarde, despejada, tocaba a su fin tiñendo el horizonte de tonos rojos y azules. El ocaso sería magnífico. Pertrechado con dos cañas, un cubo y tres cajas de lombrices, Juan disfrutaba lanzando y recogiendo los sedales; sin éxito. Los peces no tenían hambre ese día, o no había peces.»

No había peces, sino fardos, miles de fardos.

Pues ahí están esas dos, «41 bloques» y «A la deriva», esperando a que algún día me atreva a hacer algo con ellas o, simplemente, a conservarlas como un vestigio de otro tiempo que enseñarles a mis hijos cuando crezcan un poco más. Lo que sí recuerdo perfectamente es el trabajo que me dio pensar todas las tramas, crear los personajes, hilar la acción y, sobre todo, encontrarles un final decente. Todas esas noches dándole a la tecla para crear algo, para entretener a alguien, aunque, en mi caso, como ya he dicho, solo me interesaba —hoy más que nunca— una lectora.

Pero escribirlas me sirvió, sobre todo, para valorar de verdad el esfuerzo de los escritores. Todo el trabajo que hay detrás de cada libro, por pequeño que sea. La cantidad de horas, de dudas, de tachones, de frases que no funcionan, de personajes que se resisten, de comienzos que parecen brillantes a las dos de la mañana y ridículos al día siguiente. Uno, cuando lee, rara vez piensa en todo eso. Se queda con la historia. Con la emoción. Con la compañía. Y, sin embargo, detrás de cada libro hay alguien dejándose un poco la piel para que otro pase unas horas mejores.

Por eso hoy es su día. Y hay que felicitarlos.

Pero casi más que felicitarlos, habría que darles las gracias.

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