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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

La educación empieza en casa

Aula vacía en un instituto de Vigo.

Aula vacía en un instituto de Vigo. / PABLO HERNANDEZ GAMARRA

Recuerda de vez en cuando mi padre, 84 años, que cuando era pequeño, en la posguerra, los castigos físicos en la escuela estaban a la orden del día. Que les golpeaban con una vara en los dedos si se portaban mal, si faltaban al respeto al docente o por cualquier otra cosa. Supongo que de ahí viene el refrán de que «la letra con sangre entra». Ya en mi época, en los ochenta y noventa, eso de que te zurraran por mal comportamiento era una rara avis, aunque no diré que no vi una vez en el colegio cómo un profesor levantaba del suelo por las orejas a un alumno por liarla en clase.

Por suerte, esas prácticas, tan reprochables como humillantes, han pasado a la historia. Pero, casi sin darnos cuenta, hemos pasado de un extremo al otro: del miedo al castigo físico a una absoluta falta de respeto hacia los profesores. Lo hemos contado en numerosas ocasiones. La última, esta misma semana, en una información de Elena Villanueva, en la que relataba cómo cada vez es más frecuente que las familias recurran a la Inspección Educativa cuando sus hijos, tras desobedecer, insultar o discriminar a otros compañeros, o incluso encararse y amenazar físicamente a los docentes, son expulsados del centro durante un tiempo. «Los defienden cuando hay situaciones en las que son indefendibles; y eso hace que nuestra autoridad quede en entredicho», le explicaban varios profesores.

Entiendo que no se puede generalizar. Que cada caso tendrá sus particularidades y sus matices. Pero también creo que hay que reconocer que no lo estamos haciendo bien. Las madres y los padres. No digo, ni mucho menos, que haya que volver al castigo físico. Nada más lejos. Pero socavar la autoridad de los profesores no es el camino. Porque si un niño o un adolescente no respeta a su tutor o a su tutora, ¿de verdad creemos que va a respetar a alguien en su vida? Yo lo dudo.

Hace poco me contaron el caso de un alumno de Primaria que hacía de todo menos comportarse en clase. Cuando su profesora convocó una tutoría con su padre para explicarle lo que estaba ocurriendo en el colegio y pedirle su colaboración, este simplemente le soltó que se controlara —ella— y que se tomara un Trankimazin. Que si no podía dominar al crío, era problema suyo.

No. La educación empieza en casa. En cómo nos tratamos unos a otros. En cómo tratamos a los demás. En el respeto que mostramos por nuestros iguales, por nuestros mayores, por las figuras de autoridad. No digo que haya que darle patente de corso a los profesores para que hagan lo que quieran —la época de la vara no tiene que volver—, porque también hay que reconocer que no todos están donde están por vocación, y eso se nota. Pero faltarles al respeto, creer a pies juntillas el relato de nuestros hijos cuando sabemos que no nos están contando toda la verdad o correr a la Inspección cada vez que un docente pone un límite solo consigue una cosa: criar adultos incapaces de aceptar una negativa, una crítica o una norma.

La escuela no es un parque de atracciones ni un espacio donde el cliente siempre tiene razón. Es uno de los primeros lugares donde los niños aprenden que en la vida hay reglas, jerarquías y personas a las que hay que respetar, aunque no nos caigan especialmente bien. Si en casa les enseñamos justo lo contrario, no deberíamos extrañarnos después de que el profesor acabe convertido en el malo de la película.

Educar es incómodo. Requiere esfuerzo, coherencia y, a veces, ponerse del lado del adulto aunque duela. Porque, al final, el mayor favor que podemos hacerles a nuestros hijos no es defenderlos en todo, sino enseñarles a comportarse para que no necesiten que nadie los defienda.

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